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Lariza Montiel
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06 Noviembre 2017 04:00:00
Cómo recordamos a nuestros muertos
Una de las más emblemáticas tradiciones de nuestro país es la festividad del Día de Muertos: Colorida y estridente.

Pasa todo un año mientras esperamos a que llegue esta fecha para colocar altares, realizar visitas a las tumbas de los difuntos, ordenar misas para recordarlos y admirar desfiles de elegantes catrinas.

Por increíble que parezca, para la gran mayoría de los mexicanos la llegada de la muerte de un ser querido trae consigo dolor, llanto, luto, despedida, y si además hay entierro, sumémosle una de las experiencias más dramáticas que podamos vivir.

Sin embargo, en el siguiente dos de noviembre, todo aquello quedará en recuerdo y se convertirá en un día de celebración.

Como tantos respetables estudios lo dirían, la tradición del Día de Muertos es producto de la fusión de las culturas indígena y europea, que son el fundamento de nuestra idiosincrasia.

Desde la época prehispánica la celebración a los muertos se llevaba a cabo justo para recordar los familiares fallecidos y tenían lugar frente a la honrosa presencia de la diosa Mictecacíhuatl, conocida como la “Dama de la Muerte” y a quien hoy se representa a través de la “Catrina”. De ahí los desfiles y concursos.

Por su parte la tradición católica que vino acompañando a los conquistadores tenía como propósito más bien la celebración de “Todos los santos”, sin embargo, en la búsqueda de lograr pacíficamente una mayor penetración, aceptó la convivencia entre ambas costumbres.

Así, podemos observar que el propósito de esta celebración es la aceptación de esa transición de la vida a la muerte, buscando que perdamos el temor a esa incertidumbre de lo que puede haber una vez que abandonamos este mundo. Conjuga una serie de ritos y tradiciones para venerar la muerte, para espantarla o para burlarse de ella.

Uno de los Íconos principales de esta celebración es el altar de muertos. En este podemos admirar una serie de elementos que confirman la convivencia de creencias. Existen altares de 2 y hasta 7 niveles. En cada uno de ellos se colocan objetos con un significado distinto.

Entre otros, en un altar debemos encontrar aromas, flores, papel picado, calaveras, una cruz, el rosario e imágenes religiosas, fuego, agua, objetos personales y uno principal una fotografía de la persona recordada, alimentos y bebidas para atraer a los difuntos.

En el altar los niveles representan las fases que un muerto debe atravesar desde que abandona físicamente su cuerpo hasta que logra llegar al lugar en que encuentra descanso.

La visión de quienes ofrendamos un altar a seres queridos o personajes que admiramos, es justo la creencia de que mañana seremos los invitados.

Estás, junto a muchas otras razones dieron pie a que en el año 2008 la Unesco declarara esta festividad como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de México.

Visto así, la muerte deja de ser una ausencia sino una forma distinta de existir. Quienes celebramos la muerte tenemos claro que se trata de un renacer constante, donde el recuerdo de familiares y amigos es lo que nos permite trascender a la vida misma.

Y tú, ¿como recuerdas a tus muertos? - le pregunté a una amiga. Pues vivos - me contestó. Ninguna otra respuesta pudo ser más atinada.

Ojalá que esta tradición, pero sobre todo nuestra convicción de que los que queremos no se van con la muerte, no desaparezca nunca, y por el contrario, abonemos transmitiéndola a las generaciones que nos siguen.

Lariza Montiel Luis
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