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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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15 Abril 2017 04:02:00
¿Cómo se declara?
La culpa es la emoción que más pesa sobre uno. Si no la eliminas, te corroe vivo. Stuart Neville.

Nada nos vuelve más manipulables que la culpa, la sana y la tóxica. Sólo que la primera se expía a través de la reparación y el perdón, mientras la segunda es como una plaga: no proviene de algo que hicimos mal, nos la transmiten otros, nosotros la transmitimos a nuestra vez y todos enfermamos de necesidad de castigo.

Nos sentimos mal porque hicimos algo que claramente dañó a otro: eso es la culpa sana. Sentimos todo el tiempo, aunque no nos demos cuenta de ello, que algo estamos haciendo mal o algo invariablemente haremos mal, sin que sepamos qué, eso es la culpa tóxica.

“Cómete todo, que hay muchos niños que no tienen”, “tú me hiciste pegarte”, “cuando naciste ya no pude estudiar”, “por cuidarte dejé de trabajar”, “todo lo que he hecho por ti, y mira cómo me pagas”. Así es como nos la transmiten en nuestros primeros años.

A partir de ahí instalamos la voz interna del “debería”, el verbo de la culpa tóxica. “Debería sufrir como tú”, porque cuando me pasan cosas buenas o disfruto, me siento culpable; “debería hacerlo perfecto”, porque nunca satisfago tus expectativas; “debería dejar de hacer lo que te molesta”, porque merecidamente me lastimarás.

Este es el sistema bajo el cual, comúnmente, establecemos relaciones. El propósito no es el amor, sino el castigo y el autocastigo. Alguien tiene que pagar. Esa es la principalísima exigencia de la emoción llamada culpa, la gran tirana.

La culpa tóxica es el motor de las relaciones destructivas, en las que nadie se hace responsable de sus pensamientos, sentimientos y acciones. El reproche y el autoreproche son su discurso. Cada “es que tú...” y “porque tú...”, es un vector. Cada “si hubiera...” y “debí de...”, un instrumento de autoflagelo.

Dice Bernardo Stamateas, en su libro Gente Tóxica: “Son culpas ajenas generadoras de insatisfacciones continuas. Son culpas que se alimentan de mandatos externos y sociales y de emociones internas no resueltas que siguen teniendo poder y valor sobre nuestras vidas.

“Se trata de creencias culturales que jamás te permitieron alcanzar ni disfrutar en absoluto de nada. Son las exigencias que demandaban que dieras más, siempre un poco más, y claro, como no pudiste alcanzar ese parámetro de perfección, terminaste ubicándote en el lugar de la víctima, acarreando culpas que no te correspondían”.

Un ejemplo de esto último, de la psicoterapeuta Marina Castañeda: “Las mujeres siempre se consideran culpables cuando hay una falta de amor. No cuestionan a los demás, sino que se preguntan en qué fallaron ellas. Dan por sentado que fue su culpa, y se lo reprochan. Pero como el problema no estuvo en ellas, no encuentran nada ni pueden reparar nada, y entonces siguen sintiéndose culpables indefinidamente”.

Los hombres, por su parte, cargan casi en general con la culpa del proveedor insuficiente, de dinero y/o atención. Los niños, decía el novelista español Miguel Delibes, “tienen ineluctablemente la culpa de aquellas cosas de las que no tiene la culpa nadie”.

La culpa puede ser insoportable. De ahí que, cuando es sana, reparar el daño, pedir perdón y perdonarse es la única manera de no morirse por dentro envenenados de cinismo. Cuando es tóxica, oprime tanto el alma que surge el impulso irreprimible de arrojarla fuera; pero, como siempre tiene propietario, la depositamos en otros. Aquella que nos quedamos, la de los “debería”, está disfrazada de conveniente canon social.

Para la culpa tóxica el perdón también es muy necesario, sólo que no por lo que hemos hecho o hacemos mal, sino por la forma en que nos autofustigamos. Pero no es suficiente: es necesario aceptar la responsabilidad absoluta de nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, para que no culpemos injustamente a nadie ni nadie lo haga con nosotros. Lo mío es mío, lo tuyo es tuyo.
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