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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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08 Julio 2017 04:00:00
Compadézcase, por amor de Dios
Preguntémonos, cuando nos cueste trabajo dejarnos conmover, cuán poco felices seríamos si los demás fueran inexorables hacia nosotros. Séneca.

La razón de la existencia no es otra que expandir la conciencia, hasta trascender el plano material siendo materia. Si alcanzaremos el nirvana o el cielo con ello, no lo sé, pero en todo caso el destino es menos importante que el camino.

Recorrer tal camino es nuestra misión de vida, pero se nos presenta a la mayoría aun inaccesible por dos razones, principalmente: la primera es el pensamiento positivista predominante, que nos dice que somos materia y nada más, de manera que la conciencia estará siempre restringida a nuestros sentidos físicos. Es por ello, también, que la autotrascendencia se convirtió puramente en un asunto de competitividad, reproducción y supervivencia personal a costa de otros, como si fueran menos valiosos.

La segunda razón es que una vez aceptado que los planos material y espiritual, lo tangible y lo intangible, son en realidad uno solo, no sabemos ni por dónde empezar tanto por falta como por exceso de información.

Tenemos una clara idea: el camino empieza, continúa y termina en el amor, pero ¿qué clase de amor?, ¿a la pareja, los hijos, los amigos, los animales, a uno mismo, a Dios, a nuestros semejantes en general?

Una es, y sólo una, la clase de amor que expande la conciencia y nos permite autotrascendernos como individuos e incluso como seres humanos: la compasión, tan devaluada y mal entendida que la evitamos porque ofende a quien la recibe y hace sentir superior a quien la da.

Pero oiga, es que la estamos confundiendo con la lástima. La compasión es un sentimiento de pena o de ternura que nos iguala y nos une al compadecido, conocido o desconocido, a quien le damos un transformador –para ambos–, abrazo del alma.

La lástima, por otro lado, implica, sí, un sentimiento de pena, pero con desagrado o abierto desprecio, que nos proporciona el goce de la superioridad. La lástima, a diferencia de la compasión, sólo es posible en la desgracia ajena, y se convierte muy a menudo en hostilidad hacia la persona que supera la situación, arrebatándonos el placer de sentirnos por encima de ella.

La compasión se presenta por supuesto ante la desgracia, propia y ajena, pero su distintivo es un cariño entrañable, es decir, la ternura, que se siente como un baño de agua tibia por dentro, un beso en la frente del corazón. Con la ternura nos quedamos blanditos, limpios, apacibles, amorosos y totalmente abiertos, de manera que podemos experimentar, que no pensar, la realidad, el hecho de que en todo lo que nos rodea hay una belleza indescriptible, pero aprehensible para el alma, que la alimenta, la engrandece y la lleva a una nueva comprensión de la existencia.

Por eso es que la compasión va más allá de la misericordia o la piedad, es decir, de ayudar al prójimo en desgracia y perdonar al ofensor. Aunque, ¡claro!, esto no es en absoluto descalificable, pues si todos practicáramos esta forma de compasión el mundo sería otro.

Pero vamos a la fase superior, la que expande la conciencia, y que consiste en “tocar” con el alma la realidad, es decir, la belleza y la perfección que hay en TODO. Esto nos hace sentirnos íntima y amorosamente unidos a cuanto existe, visible o invisible, permitiéndonos un salto cuántico de conciencia, ese que dio Einstein para decir, contradiciendo a los positivistas irredentos: “Nuestra tarea es la de liberarnos... Mediante la extensión de nuestro círculo de compasión hasta que contenga a todas las criaturas vivientes, la naturaleza entera y su belleza”. Una concepción, por cierto, esencialmente budista.

La compasión es la forma suprema de inteligencia, “que está en todas partes... mueve a la tierra, los cielos y las estrellas”, según Jiddu Krishnamurti. Y con la que, por supuesto, puede y debe tratarse a usted mismo.
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