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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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15 Diciembre 2019 04:00:00
Comunicar y crecer
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“No se puede amar lo que no se conoce” reza el refrán popular. Estoy de acuerdo con esta expresión, máxime ahora que vivimos tiempos que dejan poca oportunidad para el conocimiento. Nos hemos convertido en una cultura “light” con relaciones superficiales, gustos superfluos y cambiantes, que en el fondo dan cuenta de un alto grado de insatisfacción personal.

Tal vez solo los monjes tibetanos consigan zafarse de la influencia de la comunicación digital, en la que la humanidad se halla inmersa. De una u otra forma, todos guardamos una relación con los contenidos y las vías de transmisión.

Hace un par de días, en cierto canal televisivo dedicado a la gastronomía, una conductora lanzó un par de pifias preocupantes. Hablaba sobre el noroeste de nuestro país, y mencionó a la letra: “Los estados de Hermosillo y Sonora”. Me pareció producto de la distracción más que otra cosa, sin embargo, un rato más delante, al hablar sobre el recorrido del tren conocido como “El Chepe”, mencionó que salía “de la ciudad de Chihuahua en el estado de Coahuila”. Resulta una inocentada para quienes somos mexicanos e identificamos el error, no obstante, hay que tener en cuenta que el programa se transmite en diversos países, y que –como medio de comunicación—está obligado a mantener un elevado nivel de calidad.

La tecnología digital ha generado en nosotros urgencias, distracciones y prisas. Los jóvenes de hoy en día no se explican cómo es que antes, cuando no existía la telefonía móvil, nos comunicábamos unos con otros. Cierto, en esos tiempos la palabra tenía un peso específico mucho mayor que hoy en día. Si decíamos “a las 5 de la tarde en la puerta del cine”, era a esa hora y en ese lugar, ya que, de otra forma, se generaba un problema para todos. Cierto, había sus excepciones, personas muy informales, pero en general todos cumplíamos más que en los tiempos actuales.

Tal vez el inicio de la televisión obligaba a tomar las cosas muy en serio. Las primeras telenovelas --teleteatro--, a inicios de los años sesenta, se transmitían en vivo, y durante la actuación había interrupciones para publicidad comercial. Desde atrás de la mampara del fondo, aparecía un personaje con el producto por anunciar. Así recuerdo a Jorge Lavat haciendo publicidad a “Glostora”, un fijador de cabello en gel. Es de los pocos recuerdos que conservo de tales programas, para los cuales no tenía permiso paterno para ver. En la actualidad subir contenidos a la red es muy sencillo; casi cualquier persona puede hacerlo. Se pierde la formalidad de otros tiempos y se multiplican las formas de alejarse de la verdad, ya por desconocimiento o falta de cuidado, como el caso de la conductora que mencioné, ya porque se imprima un sesgo informativo que beneficie a determinados intereses.

No deja de sorprenderme la forma automática en que una persona mantiene su vista fija en la pantalla de su equipo digital, y cómo atiende de manera inmediata cualquier mensaje entrante. Su actitud sugiere que se ha sacado la lotería y espera ser notificada dónde cobrarla. Es tal la utilización de redes sociales, que termina por descuidarse lo que se dice y como se dice, dando pie a mensajes confusos y en ocasiones contradictorios. El lenguaje con frecuencia es limitado, poco preciso, y no da cuenta del estado de ánimo de quien lo envía. Se concreta a formulismos telegráficos que no proporcionan mayor idea del contenido de fondo y todo aquello que lo rodea. Ahora bien, en cuanto a la veracidad de los mensajes, nos corresponde ser lectores con cierto grado de malicia, para no dejarnos embaucar por cuestiones alejadas de la realidad. El término “fake news” que puso a circular Donald Trump, bien vale la pena entenderlo y contar con elementos suficientes para detectar un mensaje apócrifo. Ya sea porque lo que dice no es cierto, ya porque hay en el fondo una verdad, pero en la forma de presentarla está el gancho para inducir nuestra respuesta en un sentido que le interesa al autor lograr.

Cuando no tenemos mayores elementos de juicio para discriminar entre un sitio auténtico y uno falso, nos lanzamos como el marino sin compás magnético, a navegar por mera intuición, lo que no garantiza en absoluto un feliz arribo a puerto.

Es menester leer, no simplemente pasar la vista por lo escrito, sino emprender una lectura de comprensión. Cuando logramos poner en palabras propias lo leído, podemos decir que hemos entendido un texto, antes no. Expresarnos con claridad, cuidando la ortografía y la sintaxis, permite intercambiar contenidos claros entre unos y otros. De otra forma, cuando hablamos a medias y de manera descuidada, corremos el riesgo de ser malinterpretados.

Crezcamos como sociedad mediante la forma como nos expresamos.
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