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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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21 Enero 2017 04:00:00
Con el Fénix… ¡cuidado!
El precio de la gasolina tiene un fuerte componente recaudatorio. (El comentarista).

Al Ave Fénix aludí ayer, y a lo provechoso que la fabulilla pudiese resultar para el autor de esos abominables gasolinazos de los que no creo que Peña sea el único responsable. El final del relato:

Habiendo logrado adquirir para su zoológico el mítico pajarraco, Poldero se dolió de que perdía los dineros invertidos en él, porque la mansedumbre del ave no atraía la atención de los visitantes. Al tratar de reemplazarlo por otro Fénix, se enteró de que era el único ejemplar en el mundo, y de que al llegar a la vejez recobraba su juventud incinerándose en una hoguera de llamas vivas. Entonces decidió acelerar el proceso de envejecimiento para que el espectáculo de la hornaza le redituara ganancias. Le atascó la jaula con pájaros belicosos, que lo picoteaban. Nada. Metió a su jaula gatos de callejón. El Fénix voló sobre sus cabezas sacudiendo sus alas doradas. Entonces, rencoroso él, dio por vejarlo; el Fénix, impávido. Lo castigó con nefastas reformas energéticas, laborales, educativas. Nada. ¡Gasolinazos! Nada. El codicioso investigó que el clima de Arabia, lugar de origen del Fénix, es seco. “¡Ajá!” Y a colocarle una regadera en el techo. Agua helada. El Fénix comenzó a toser, y aquel día.

¡Por fin! Aquel día el Fénix comenzó a dar muestras de impaciencia y a encrespar las alas. “¡Eureka! ¡La hora ha sonado! ¡Se va a prender fuego! ¡Se acerca a su fin! ¡A hacerle propaganda al espectáculo!”.

Poldero instrumentó su campaña publicitaria y firmó un contrato por los derechos de radio, cine y Televisa. Por vender tantos boletos como fuese posible, el codicioso había excitado la curiosidad y el morbo de un público enviciado al deleite inmundo de la nota roja, y ahora anunció la incineración del Fénix. El gigantesco auditorio donde se montó el espectáculo quedó atiborrado. La jaula, estallante de luces, cámaras y micrófonos. El anuncio del espectáculo que estaba por ocurrir frente a un público morboso y expectante, desde un altavoz:

¡El Fénix, distinguidos visitantes, es el aristócrata de las aves! ¡Ante los ojos de todos ustedes, que pagaron su boleto, se dispone a construir el nido de amor pata recobrar su juventud perdida se dispone a renacer ante nuestros ojos!

¡Y en Los Pinos, orgasmos de aplausos de los “distinguidos”!

Un estremecimiento sacudió al ave anidada entre leños perfumados. ¡Las cámaras de cine y TV se activaron! ¡Las luces alumbraron la jaula! Poldero, a todo volumen:

-¡El momento que el mundo ha esperado! ¡Gracias a nuestras reformas, México va a renacer!

Anidada en su pira, el Ave Fénix pareció dormir ante el morbo de un público de gusto estético viciado por la bazofia con que la televisión alimentaba el espíritu de unas masas pasivas y permisivas. Y, mis valedores, fue entonces: de repente el Fénix se irguió, miró a la muchedumbre con mirada de conmiseración y un si-es-no-es de desprecio, y en ese momento.

¡En ese momento Ave Fénix y pira estallaron en un espectáculo de vivas llamas que abrasaron a la concurrencia de Los Pinos! ¡En dos minutos todos y todo quedó reducido a cenizas, y miles y miles, por delante Poldero, perecieron en el incendio. Ni ceniza quedó de los tales. Señor Peña:

El Ave Fénix no muere. De sus cenizas renace, que es su destino sobrevivir a codiciosos Polderos y gasolinazos impuestos desde el exterior. Usted se va; el Fénix lo habrá de sobrevivir. Es la Historia. (Conste.)
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