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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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06 Febrero 2018 04:06:00
Conejillo de Indias
El PRI y su militancia jamás habían sido sometidos a una prueba tan ardua, humillante y contraria a su naturaleza como la de apoyar a un candidato presidencial ajeno a su historia. José Antonio Meade salió de la chistera de Peña Nieto cual conejo –conejillo de Indias, en su caso– para tratar de impedir el triunfo de Andrés Manuel López Obrador o de Ricardo Anaya. La intención es asegurarse un futuro tranquilo y no en tribunales internacionales o del país por los desafueros cometidos durante el sexenio, relacionados con violaciones a los derechos humanos y escándalos de corrupción. Algo inédito en México, pero no en Argentina, Guatemala, Brasil, Perú y otros países.

En 1987, la imposición de Carlos Salinas de Gortari, un tecnócrata educado en el extranjero y sin trayectoria política –como Meade–, pero sí con militancia, escindió al PRI y provocó la renuncia de Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y López Obrador, entre otros. El grupo compitió por la Presidencia en 1988 bajo las siglas del Frente Democrático Nacional (FDN) con Cárdenas como candidato. La votación del PRI se desplomó en 7 millones de votos, 40% con respecto a 1982; la idea de que la elección de Salinas fue fraudulenta, nunca se desvaneció.

Aun con la maquinaria del Estado a su favor, Meade no logra convencer a la sociedad ni a sectores del PRI de ser la mejor opción para un país hundido en la corrupción y la impunidad. El precandidato no es priista, pero se codea con líderes de ese partido que representan a una clase política predadora como Carlos Romero Deschamps, secretario general del sindicato de Pemex. En su visita a Saltillo, el 12 de enero, Meade pasó por alto la deuda de 36 mil millones de pesos contratada en el gobierno de Humberto Moreira de manera subrepticia y el desvío de 410 millones de pesos a empresas fantasma en la administración de Rubén Moreira, secretario de Acción Electoral del PRI, encargado de reunirle votos.

Convenientemente para el proyecto peñista –no tanto para Meade–, Manlio Fabio Beltrones ha sido involucrado en el desvío de 250 millones de pesos del erario de Chihuahua al PRI, para financiar campañas en 2016, cuando era presidente de ese partido. Alejandro Gutiérrez, exsecretario adjunto y uno de los hombres de mayor confianza de Beltrones, se halla bajo arresto preventivo desde el 22 de diciembre pasado. El caso provocó un enfrentamiento entre el gobernador Javier Corral (PAN) y el presidente Peña Nieto.

Las acusaciones contra Beltrones podrían significar el fin de la carrera de uno de los políticos más avezados y aviesos del país. El exgobernador de Sonora compitió con Peña Nieto por la candidatura presidencial en 2012 y en la sucesión de este año también representaba un riesgo. Beltrones renunció a la jefatura del PRI el 20 de junio de 2016 tras perder siete de 12 gubernaturas, entre ellas algunas emblemáticas como las de Veracruz, Chihuahua y Tamaulipas.

Los agravios contra los liderazgos tradicionales del PRI le costarán votos a su candidato el 1 de julio, como le pasó a Salinas de Gortari en 1988. Enrique Ochoa, el anodino sucesor de Beltrones, engañó a la militancia desde un principio: “El aspirante presidencial será priista. Ofreceremos la mejor propuesta para merecer la confianza de la ciudadanía; hemos impulsado la transformación del partido para lograr el candidato con el mejor perfil” (La Jornada, 14.11.16). El ungido resultó ser Meade: no milita en el PRI, pero ya es su rehén.
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