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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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16 Noviembre 2015 05:08:57
Conocer al enemigo
Ya nada es lejano, ya nada es ajeno. No basta la conmoción y la condena. Hay que intentar, al menos, comprender.

Hace poco más de 2 mil 500 años, un comandante militar chino de nombre Sun Tzu escribió: “Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no deberás temer el resultado de cien batallas. Si te conoces a ti mismo, pero no al enemigo, por cada victoria lograda también sufrirás una derrota. Si no conoces ni al enemigo ni a ti mismo, sucumbirás en todas las batallas”.

Tras el baño de sangre inocente, el terror que golpeó París el viernes pasado, occidente debería, de una vez por todas, entender de qué está hecho el enemigo, qué es lo que realmente busca y, especialmente, con carácter de urgente, voltear la mirada con ojos críticos hacia sus propias entrañas para ubicar las grandes debilidades que parecen conocer a la perfección los yihadistas de Estado Islámico y que aprovechan desde hace meses con el reclutamiento hormiga de centenares, miles de jóvenes sin presente ni futuro.

Los milicianos de Estado Islámico, o Daesh en árabe, –poco más de 30 mil, según estimaciones de la CIA en julio pasado (aunque seguramente ya son muchos más)– son combatientes feroces, decididos, altamente motivados y según Pedro Rojo, de la fundación Al Fanar, con un apetito insaciable de combate, pero no para ganar trincheras, sino para morir. El presbítero Ángel García, de la ONG Mensajeros de la Paz, dice de ellos que en cada lance pareciera que buscarán la muerte, y los que no temen morir, ganan.

Los ocho yihadistas que con fusiles de asalto Kalashnikov y explosivos atados al cuerpo realizaron los atentados en París, estaban firmemente convencidos de cumplir con el sexto pilar del Islam, la Yihad, y que con cada homicidio aseguraban su eternidad en el Yanna (el jardín o paraíso para los árabes), rodeados y en abundancia de todo lo que se pueda desear y haciendo el amor con decenas de huríes, esas bellas mujeres de ojos grandes y brillantes.

En cada grito de Allahu Akbar (Dios es grande), en cada disparo, en cada explosión, se intenta borrar siglos del proceso civilizatorio occidental, de evolución. Eso es lo que quieren.

Entonces habría que partir de una suma simple: la Yihad, que pide matar a los infieles donde quiera que se encuentren, un mundo que avanza –desde su óptica– hacia el fin de los tiempos, la urgencia de convertirse en mártir para gozar de las huríes y un entorno social y familiar que sólo genera desesperanza y malestar; miles de marginados y en pobreza económica e intelectual… y tenemos el perfecto caldo de cultivo de los escenarios distópicos, casi apocalípticos.

Para los milicianos de Estado Islámico, como ese joven barbado que, blandiendo un cuchillo y golpeando contra su pecho un rifle de asalto, reivindicó los atentados de París en un video con la firma Al Hayat, la división mediática del califato, hay una orden expresa y tajante: matar a los infieles donde quiera que se encuentren, y por eso se urge a todos los musulmanes que viven en Europa: “¿qué esperan?; sirve incluso el veneno. Envenena el agua y los alimentos de al menos uno de los enemigos de Alá”. La recompensa que obtendrán será el paraíso.

Parecería absurdo que un mensaje que en principio pondera la violencia, la destrucción, que se guía por una corriente del Islam con una peculiar concepción del camino hacia el Día del Juicio Final, que busca por todos los medios crear un escenario de caos y de sangre, resulte atractivo para alguien, para el que sea, pero lo cierto es que centenares de jóvenes de aproximadamente 80 países, lo compran, asimilan y convierten en su único propósito de vida.

Ese sería el primer paso, intentar entender al enemigo y reconsiderar lo que se daba por sentado de lo que somos en occidente. De aquel lado son mucho más fuertes, y de éste mucho más débiles, tanto que un grupo que se exhibe brutal y despiadado en sus propios videos de propaganda es capaz de reclutar a jóvenes, hombres y mujeres, de toda Europa.

Entre algunos miembros de los llamados “círculos rojos”, periodistas, académicos e intelectuales, es posible encontrar advertencias: “No estamos ante ataques aislados de grupos terroristas autónomos que operan en el corazón de Europa, sino ante el despliegue de una bien diseñada estrategia bélica, cuyo objetivo último es la aniquilación de todas las naciones que representan los valores, la cultura y la civilización occidental”.

Y también llamados: “Es necesaria una respuesta contundente y unitaria de todos los países occidentales en la que no bastarán ya los argumentos filosóficos. Una respuesta que debe partir de la conciencia previa de que estamos ante una auténtica guerra de aniquilación en la que no existe tregua posible”.

El mundo se encuentra en los linderos de un conflicto como pocos se han librado en nuestra historia. Entenderlo es ya una obligación del mundo occidental, y en el inter, tratar de contener y minimizar el daño de los atentados que se anticipa, vienen en cascada, muy similares a los que sufrió París.

Puede ser que los grandes ejércitos de occidente emprendan la aniquilación de Estado Islámico, la reacción de Francia con los bombardeos así lo sugiere, pero lo más difícil será tratar de recomponer las estructuras culturales, sociales y económicas que hoy alimentan el malestar y la desesperanza. Si se ignoran las pústulas en las entrañas, aunque se borre del mapa el califato, no tardará en surgir otro grupo, otra bandera, otro rostro del terror que nos recuerde que somos una cadena tan fuerte como el más débil de los eslabones, y hoy, en todos lados, tenemos muchos de ellos podridos.
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