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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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12 Mayo 2018 04:00:00
Contristado el ánimo
Canto aquí la trova del parque público, mis valedores. Con tonada de organillo entono el elogio de ese cuadro de verdes cenicientos que, ayuno de agua, abono y los más mínimos cuidados, a lo heroico florece en la viva entraña del arrabal y acoge, benemérito de la misericordia, a todos quienes hasta allí vamos a recalar por los motivos más contrapunteados: al solitario que vaga, vago el aspecto y la mirada vagorosa, lo mismo que al payo recién desgajado de su tierra ausente que se cimbra a golpes de nostalgia y al jubilado del vivir que, mentón apalancado en el bordón, mira pasar la vida mientras algo muy escondido le rebulle en amagos de nostalgia. (Esa pelota llegó rodando hasta el arbolillo, y tras de la pelota el niño, y la madre detrás, que tal es el destino de pelotas y madres: rodar delante o detrás de un niño.)

He pasado por la senda –y en un banco he visto a un viejo– dejándose acariciar –por el sol tibio y enfermo– Y me he internado en el triste - jardín.

El cuadro de verdes acoge lo mismo al que busca el vigor y el oxígeno que a ése que, atejonado detrás de un arbusto, se intoxica sañudamente al aspirar el cemento con que construye sus castillos en el aire, donde se construyen los castillos más sólidos. Más allá, esos empleadillos de salario mínimo a los que, media hora en el reloj checador, congrega la sacrosanta torta del mediodía, de la media tarde. (No lejos los observa, aire de derrota, ese desempleado que va a matar el tiempo que lo mata a él.)

El parque acoge también, generosa guarida, al raterillo en fuga o al que se apresta a asaltar, o al ratero uniformado y poquitero que se agazapa tras el aroma de los billetes de baja denominación no lejos de los bien acompañados, bien hayan en ella y él que, machihembrados boca a boca, piel a piel y carne encabritada, rebrincan en acezantes, incesantes espasmos.

Pinta el crepúsculo mujeres por el cielo –¡Y duele el corazón, como en el desengaño inmenso y sin consuelo– de un amor otoñal jamás existido.! Tal es el parquecillo de aquí a la vuelta, mis valedores, donde me refugié ayer tarde, ya al pardear, a rumiar abandonos, tristuras y suspirillos. Alma mía de mi ausente, y ojos que te vieron ir. Luego de amansar el ánimo me sequé los lloraderas de humedad, compuse una figura apachurrada y maltrecha, y a la espera de las sombras para tornar a mi depto. de abandonado me puse a observar el espíritu de aquel almácigo de ánimas en pena(s):

“Los parques solitarios en que se pasean las desgracias - con la cabeza baja - y los sueños se sientan a descansar - mientras la sirena de la ambulancia da la hora - de entrar a la fábrica de la muerte”.

Yo, el ánimo contristado y una melancolía que se me ha aquerenciado, “lloro porque a mí me dejas - herido del corazón”. Y qué hacer. Pero ánimo, arriba corazones; disimula, que esa señora (lentes oscuros el acompañante) te observa de ganchete. ¿Pero no es, acaso, la vecina, esposa de..? Sí es, que en el parque da sus primeros pasos en las artes del adulterio, malos pasos deleitosos. Y la vecina me ha visto, y se asustó de que yo la viera, y se escurre con él. (Después.)
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