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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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08 Mayo 2017 04:03:00
Cooperar… hasta un pueblo de demonios lo preferiría
En la medida en que nos preocupemos (y ocupemos) más por los demás, en esa misma medida, podremos preocuparnos (y ocuparnos) menos por nosotros mismos. Durante las actividades altruistas que se llevan a cabo en Generación en Marcha, la organización social de la que formo parte, frecuentemente se comparten con los beneficiarios reflexiones encaminadas a reforzar la cooperación. Esto es así porque el valor de la cooperación se presenta, ahora más que antes, como estratégico para alcanzar los objetivos del Estado y la sociedad, y para asegurar la protección y el desarrollo de su origen y fin último: la persona.

La cooperación o colaboración son respuestas –tal vez las únicas– para alcanzar la integración, cohesión e inclusión social, necesarias para la convivencia armónica, la paz social y el desarrollo digno, afectadas en mucho por la globalización, el capitalismo y el consumismo. Aspectos todos que han acentuado el individualismo en la mayoría de las comunidades contemporáneas (vistas como conjuntos muy diversos de personas que hacen común unión por lazos más allá de la nacionalidad o la familia), y que deben llamar a la conciencia, al examen, a la autocrítica y la corrección de actitudes y conductas.

Tales fenómenos han dado a la competencia una importancia capital por encima de la cooperación. La competencia está desplazando cada día con mayor fuerza a la cooperación. Por supuesto que la competencia por sí sola no es mala, ya que implica y produce una serie de cuestiones positivas y necesarias para la evolución; lo que está mal es que con ella se sustituya a la cooperación. En su ensayo acerca de las claves científicas de la felicidad, Eduardo Punset recuerda que “un organismo que sólo piensa en función de su supervivencia destruirá, invariablemente, su medio ambiente y, por consiguiente, como se puede comprobar actualmente, se destruirá a sí mismo”.

La cooperación es una función social vital para la sobrevivencia, para combatir la discriminación y alcanzar un mayor grado de justicia social. Esta realidad compete a todas las personas, pues, de acuerdo con Hermann Heller, “todas las funciones de la vida del hombre son funciones sociales, o sea que sólo las tiene el hombre en cuanto vive en sociedad con otros hombres”. Vivimos en sociedad, por la sociedad y para ella. Es un hecho, porque redunda en beneficio de la persona. Como lo precisa el mismo Heller, vivir fuera de ella, de la sociedad, sería propio, según la frase clásica de Aristóteles, de un animal o un dios. No es el caso.

Para la profesora de Ética y Filosofía Política, Adela Cortina, “cooperar es, pues, más inteligente que buscar conflictos tratando de maximizar ganancias, porque las personas estamos dispuestas a dar siempre que de alguna manera podamos recibir”. Y eso sucede, o debería suceder, siempre. Aunque en pocos casos se reciba el beneficio o favor de la misma persona en cuyo provecho se ha realizado uno previamente. Cuando todos cooperan, tarde o temprano, de modo directo o indirecto, todos reciben las utilidades de la cooperación.

Cortina da cuenta de cómo al “comprobar que el juego de dar y recibir resulta beneficioso para el grupo y para los individuos que lo componen, este juego ha ido cristalizando en normas de reciprocidad que forman el esqueleto sobre el que se sustenta la encarnadura de una sociedad”. Cooperar es base, esencia y garantía para quienes cooperan. De ahí el lazo que existe entre cooperación o colaboración y ética. Pues, de acuerdo con esta misma experta, la ética sirve “para recordar que es más prudente cooperar que buscar el máximo beneficio individual, caiga quien caiga, buscar aliados mas que enemigos”. En efecto, cooperar es ético. Claro está, dando por sentado que dicha cooperación tiene lugar en relación con conductas y hechos que son moral y jurídicamente aceptables.

Por ese motivo la cooperación forma parte fundamental del pacto social sobre el que las sociedades han asentado y moldeado el derecho, para no correr el riesgo de que alguno de sus miembros pretenda obtener provecho –y lo obtenga– a costa de otros. Adela Cortina concluye así una de sus reflexiones sobre este tema: “Por eso decía Kant hace más de dos siglos, en su escrito sobre La paz perpetua, que hasta un pueblo de demonios, que son seres sin sensibilidad moral, preferiría formar un estado de derecho, en el que los individuos son protegidos por las leyes, que quedar desamparados en un Estado sin leyes, en el que cualquiera les pueda quitar la vida, la propiedad, la libertad de decidir el propio futuro”. En sus palabras, desde los primeros humanos, se ha ido acuñando un cerebro contractualista, “que nos lleva, no a buscar el mayor bien del mayor número, ni la promoción de los más aventajados, sino a sellar un pacto de ayuda mutua”.

Comprender y asumir el compromiso de contener el deterioro de la cooperación, con el propósito de darle un nuevo impulso, es trascendental para la dignidad humana y esencial para emprender estrategias que posibiliten una efectividad más plena de los derechos humanos. El incentivo no es uno y están claros: por convicción, conveniencia o por lo que sea, es necesario practicar la cooperación. “No me hice vegetariano por mi salud. Lo hice por la salud de los pollos”, Isaac Singer.
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