×
Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
ver +
Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

" Comentar Imprimir
21 Julio 2017 04:00:00
Corazón de hielo
Ama a tu refrigerador por sobre todas las cosas. Mantenlo limpio y con alimento, que él también te alimentará. En mi libro Amor Convenido, que contiene “poemas domésticos” escribo sobre los objetos que a diario nos acompañan: las sábanas, los cuadros, las lámparas y la nevera, como le dicen en Argentina. En el poema Mi Casa escribo: “Necesito un refrigerador más grande, / con nevera sin escarcha, para congelar tu recuerdo / y poco a poco alimentar mi esperanza”. Y en Cállate Niña, menciono que “hay quien cuida más los objetos que a las personas”, sin llegar a esos extremos, siempre he creído que los muebles tienen vida, no solo la que les damos al usarlos, sino alma, esencia que enamora.

Hace unos días soñé con mi refrigerador. Fue una pesadilla. Soñé que se descomponía. Al escucharlo toser, me levantaba en la madrugada, con Runa y Simón caminando a cada lado y al entrar a la cocina veíamos un gran charco al pie del refrigerador. Al abrir sus puertas verticales, como pidiendo un abrazo, su luz me cegaba e instantes después veíamos caer agua como una cascada. Días antes había comprado una bolsa de cubos de hielo y era de ahí de donde emanaba ese torrente. Además de que el pescado y la carne molida estaban al rojo vivo, casi sangrantes.

Pero mi angustia en el sueño no era la comida ni los hielos ni las verduras podridas, sino el aparato, su luz intensa seguía invadiendo la cocina y no paraba su ruido extraño. Él, que era tan calladito, respiraba con dificultad. Mientras yo me preguntaba qué le había pasado, los gatos habían salido disparados. Ponía mi mano sobre su pecho, hasta que poco a poco se quedó en silencio y su luz se extinguió como un atardecer sin edad.

Cuando en terapia, mi psicóloga me preguntó lo que había soñado, le conté y ella anotó para llegar a conclusiones. Me dijo: “¿Si tu casa es tu cuerpo, qué representa en tu cuerpo el refrigerador?”, sin meditarlo mucho le respondí: “el corazón”. “¿Por qué?” preguntó de nuevo (cuando la sesión se pone álgida, vienen muchos “por qué” o “para qué”, de parte de Berenice). “Es el aparato más importante de la casa”, me escuchó. “¿Por qué?”, volvió a decir, “porque guarda los alimentos, los conserva en óptimas condiciones. No se puede vivir sin refrigerador”, le aseguré. “Sin microondas, sin tostador, sin televisión o aspiradora, sí, pero no sin refrigerador. Es el único aparato de la casa que siempre está conectado y funcionando, como el corazón”, le ratifiqué.

“¿Qué pasaba en tu sueño, recuerdas?”, me volvió a preguntar. “Había una cascada, una gran liberación de agua”, le repetí. “¿Y el congelador para qué sirve?”, insistió. “Preserva”, puntualicé. “Te das cuenta”, tu corazón liberó sentimientos y emociones que seguías conservando. Quizá resentimientos o ilusiones congeladas que ya encontraron su escape en esos chorros de agua que salieron al abrirlo, al perdonar, al olvidar. Dejaste de tener corazón de hielo. Tu corazón ha sanado”, me aseguró y me pidió volver un mes después. Esa noche luego de tomar mi vaso de leche e irme a la cama, fui a la cocina a darle un beso de buenas noches a mi refrigerador.
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2