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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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24 Enero 2017 03:00:00
Corrupción e ira social
Los cacerolazos (o caceroladas) iniciaron en Argelia (África) en la década de 1960. Wassyla Tamzali los refiere en Mi Tierra Argelina: Una Mujer entre la Revolución y la Guerra Vivil (Saga editorial 2012). A partir de 1970 se popularizaron en Sudamérica; después aparecieron en Europa (España e Italia). Ese tipo de protestas colectivas, frente a decisiones políticas y gubernamentales contrarias a la población, suceden ahora en México. El desmedido aumento a la gasolina y el diésel lanzó a la gente a las calles. El gas y la electricidad también subieron. En febrero habrá una nueva escalada.

Para popularizar las reformas energética y fiscal, Peña Nieto prometió acabar con los gasolinazos y reducir el precio de los combustibles (gas incluido) y la energía eléctrica. Frente al engaño, miles de personas –amas de casa, jóvenes, profesionistas, obreros y transportistas– ocuparon calles, plazas y carreteras, sonaron utensilios, lanzaron consignas contra las autoridades y exigieron la renuncia del Presidente. Hubo cierre de caminos, saqueos a comercios y disturbios; algunos inducidos para inhibir y desacreditar la movilización social. El sector privado rechazó las medidas y la moneda se devaluó a más de 22 pesos por dólar.

Los mexicanos esperaban que en su mensaje de año nuevo el Presidente explicara las causas del gasolinazo e incluso lo revirtiera, pero no hubo mensaje como tal ni anulación. La mayor parte de los 18:38 minutos que habló en cadena nacional, Peña los dedicó a Videgaray, nuevo titular de Relaciones Exteriores, quien, como secretario de Hacienda, impuso políticas ruinosas que hoy tienen al país al borde de la insurgencia. Según el Mandatario, el aumento a los combustibles era inevitable, pues cualquier otra opción hubiera resultado peor de dolorosa. Peña volvió a aparecer por televisión el 5 de enero sólo para mantenerse en sus trece. Para el Gobierno de la República, el tema se reduce a un problema de comunicación. “¿Ustedes qué hubieran hecho?”.

Peña atribuye el gasolinazo al aumento en los precios internacionales y pide unidad, comprensión y sacrificio para “preservar la economía del país”. Sin embargo, las finanzas nacionales se deterioraron por el desplome de los precios del petróleo, el endeudamiento excesivo y el gasto público indiscriminado. El discurso presidencial no surtió efecto. Las protestas se intensificaron. Y siguen.

En América Latina, los cacerolazos son veneno para los gobiernos. Los hubo contra Salvador Allende en los primeros años de la década de 1970, y 10 años después contra la dictadura de Augusto Pinochet para reinstaurar la democracia en Chile. En diciembre de 2001, en medio de una profunda crisis financiera, política e institucional, los argentinos defenestraron al presidente Fernando de la Rúa, a cacerolazos. El mismo recurso utilizan hoy los venezolanos para terminar con el gobierno de Nicolás Maduro.

La destitución de la presidenta Dilma Rousseff también fue precedida por manifestaciones callejeras. El 9 de marzo de 2015, en un mensaje en cadena nacional, pidió “comprensión y paciencia” por la subida de impuestos (como Peña lo hace ahora por el gasolinazo). En respuesta, “miles de brasileños en doce de las principales ciudades del país agarraron sus cacerolas para protestar ‘en vivo’ contra las palabras de la mandataria del Partido de los Trabajadores” (La Nación). La corrupción gubernamental reavivó la ira social. El Congreso sometió a juicio político a Rousseff, y el Senado la destituyó el 31 de agosto de 2016.
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