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Ricardo Torres
Ricardo Torres
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09 Junio 2017 04:00:00
Crónica de una hermosa elección estropeada
Con comezón en la cabeza, confundidos y con un gran signo de interrogación posado sobre nosotros, amanecimos el lunes pasado gran parte de los coahuilenses, justo un día después de haber celebrar, gustosos la jornada electoral del domingo pasado. En dicha jornada se registró una magnífica participación de la sociedad, tanto en las casillas electorales, como en la copiosa votación que registró la autoridad electoral.

Los ciudadanos teníamos puesta nuestra esperanza en estos comicios, asumíamos con certeza, que esta elección del 4 de junio, establecería un parteaguas entre los procesos electorales siempre cuestionados, tanto por su legitimidad, como por la falta de equidad en la competencia, frente a nuevos procesos electorales transparentes, equitativos y, sobre todo, socialmente legitimados que, me parece, esa era la parte más importante.

Todo estaba listo, la autoridad electoral, sabia según nosotros, sabía que los coahuilenses no nos conformaríamos sólo con el cumplimiento de la ley electoral. Sino que ahora y después de tan triste y lamentable desempeño de nuestros actuales gobernantes y representantes, reclamábamos partidos políticos verdaderamente comprometidos; autoridades electorales competentes y justas y gobiernos no entrometidos en la decisión que sólo a nosotros nos correspondía tomar.

Era nuestro momento, desde hace más de seis años anhelábamos ese día, mientras sosteníamos una lucha diaria contra la corrupción, la cual se ha establecido en todas las instituciones estatales y municipales y exigíamos que tanto los partidos, como las autoridades electorales lucharan con nosotros para erradicar los vicios del sistema.

Conscientes de que pisamos fondo y que no nos quedaba más que convertir esta elección en un escenario de oportunidades para construir ahora sí, una sociedad capaz de elegir un nuevo gobierno estatal, municipal y un congreso local comprometido con la legalidad y paz, salimos a votar.

El árbitro era nuevo, por lo que tenía la extraordinaria misión de organizar y conducir las elecciones con base en una nueva ley electoral que le había dotado de más poder y de más facultades, las cuales debía ejercer con justicia, sin favoritismos, y permitiendo que la política fuera el único instrumento, el único material que recubriera la acción de todos los partidos políticos y candidatos independientes representados ante esa nueva autoridad. Su consejo general tenía como único debe, el hacer su máximo esfuerzo para que se respetara el voto que se emitiera, que cada boleta que cayera en las urnas, estuviera avalada por ser el producto de la decisión libre del ciudadano, por lo que debía ser defendida y respetada por cada uno de los miembros de ese Consejo.

No había pretextos, este nuevo instituto nos costó muchos esfuerzos y muchos más recursos, por lo que los mismos debían tener como retorno para nosotros , no la carga de una burocracia pesada, sino el reconocimiento de una autoridad eficiente, que guiara todas y cada una de sus acciones conforme a la ley. Ya le habíamos advertido que: la ley no se negocia, o se cumple, o se infringe, pero no se negocia.

Era, según nuestras apreciaciones y sueños, un Instituto Electoral de ideas, un órgano de estado, ya no como los anteriores, los cuales se reducían a ventanilla de trámites u oficialía de partes de una imaginaria
democracia. Continuará...
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