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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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06 Octubre 2016 04:00:00
¡Cuac!
En tiempos de Maricastaña existió un reino de encantamiento donde abundaban los bosques, y en los bosques lagos, y en los lagos patos. Lo usual. Y ocurrió en una de esas que entre los pinos del bosque apareció un huevín, y una pollita se acomidió a empollarlo. De repente: ¡crac!, que se rompe el cascarón y que aparece un polluelo de soberbia estampa, copete enhiesto y plumas blanquísimas. El nido, a la novedad, se llenó de curiosos que admiraban el milagro (la que lo empolló sentíase la Virgen María de los patos).

-¡Qué hermosura de güerito! ¡Qué rostrín! ¡Y la suavidad de sus plumas abullonadas, como de terciopelo! ¡De la familia real de los cisnes!

-Las líneas de su cuerpo, tan ágiles y elegantes, y su pico estético, ¡y ese porte de príncipe! Si hasta parece maquilado por mano del dios de los cisnes, o sea Walt Disney. Cuando este cromo nos deje, su almita se irá derecho a Disneylandia.

En la medianía del estanque el polluelo se dejaba querer, y ah, oh, uh, los animalejos del bosque boquiabiertos quedaban ante la nívea blancura, la gracia gitana y un estilo de nadar que era un garboso partir plaza. Mamá cisne, gansos, perracos, gallinas, el vendaval de aplausos al que a lo solemne y parsimonioso, entre lirios y nenúfares, surcaba las ondas del lago. “Lleno de gracia, como el Ave María”, el guajolote. “La gracia plena. A rendirle pleitesía al rey del estanque”, el perraco.

Y las porras, los hurras, los siquitibunes del animalero. De ahí en adelante, para los habitantes del bosque, el cisne fue el amo del estanque del castillo antañón. Lo fue hasta que, de repente:

-Chale, ¿y eso? ¿Se fijaron en el plumaje del soberano? ¿Le notan unas manchitas oscuras?

-Y el cuello se le ha encogido; su pico se va enanchando. ¿Y su elegancia de cuando al nadar parecía que iba ejecutando la marcha nupcial de Mendelssohn?

Asombro, desilusión, abucheos del animalero, y lógico: de ahí en adelante el cisne que paró en pato fue el blanco de burletas y agresiones. El perro:

-Qué bicho más feo. ¿Será mongoloide el engendrín? ¿Retrasado mental? Si hasta parece armado en México.

-Tú, el horroroso, ¿sabes poner huevos? –la gallina–. El otro humilló la testa. “Eres, entonces, un perfecto animal. De mediocre no pasarás” –le volvió la espalda y le enseñó el culín–.

Arrepentidos del engendro que avergonzaba al mundo del estanque y el bosque de pinos, los animalejos treparon hasta el Olimpo y se quejaron con Zeus, el cual: “Ese es lo que es. Pato nació y pato ha de morir. La compulsión de ustedes fue la que los llevó a esa hipnosis colectiva de admirar como cisne lo que no es más que un pato. ¿Los tiene hartos? Aguantar. Cada comunidad tiene el pato que se merece. Escuchen su verdadera naturaleza: graznar”.

Al graznar invitaba a un guajolote rubio y ovachón a nadar con él.

Ahí se le arrima el gallo; tres picotazos al monstruín, que corrió a refugiarse en el establo, donde llega del bosque un zorrillo, alza la pata, y...

He ahí al emplumado, llorando su desconsuelo. El gato, que lo observaba, se dolió de él: “Tan desacreditado quedaste que ya ni de narco o cura pedófilo. A ti ya sólo te queda un camino; te lo voy a enseñar”.

A echarle tierra a sus heces. “Así ya serás un perfecto político mexicano”.

¿Echarles tierra? Ni eso supo. (¡Cuac!)
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