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Dalia Reyes
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08 Agosto 2018 04:00:00
Cuadrado y sin bermudas
El plano era muy claro: dos pasos hacia la derecha y ahí estaba la tacha. La caligrafía ensortijada y perfecta de la abuela no dejaba lugar a dudas respecto del sitio donde lo encontraríamos. Todos nos miramos intrigados y empezamos a hacer conjeturas.

Algo debíamos hacer … hicimos a un lado el refrigerador, sitio marcado en el testamento extraño. Yo había escuchado de casas antiguas que resguardaban valores incontables bajo los pisos de barro endiselados durante años por las mujeres abnegadas (por eso ahora el piso de barro ya viene barnizado). Eso imaginé que encontraríamos: un cofre, un costal o un cajón de madera pletórico de metales vueltos mil maravillas tangibles.

Era media tarde y no entraba mucha luz por la ventana. Apenas un pequeño brillo destelló nuestra mirada, pero fue tan fugaz que no tuvimos suficientes coordenadas para encontrar aquel objeto, en caso de que lo fuera. Alguien tenía una linterna –siempre alguien tiene una en las películas-. Dirigió la luz hacia el piso, cuyo sueño de 20 años bajo el refri le permitió mantener su color original y opaco. En efecto: ahí estaba el tesorito de la abuela.

Por alguna extraña razón, nadie fotografió nuestros rostros desencajados y sorprendidos para subirla la Facebook. Mi prima, incluso, dejó caer una lágrima cuyo origen no tengo claro si fue por enojo, desazón o muchísima nostalgia. Y no era para menos: justo frente a sus ojos estaba el anillo que le costó mantenerse soltera y ahora se revelaba frente a sí la verdad: nadie lo había robado, ella lo dejó en el gabinete y de alguna manera fue a caer al piso bajo la sombra del aparatote enfriador.

Pero también estaba la cucharita de plata, herramienta que mantuvo con vida a mi hermano menor; junto a ella, una docena de cubiertos sucios y otros tanto aún brillantes por el lavado profundo a que se aplicaba mi abuela después de comer. La mitad de estos artefactos cubrían una hoja amarillenta con el rutilante 10 en Matemáticas de mi hermano mayor 15 años atrás.

Parte de la fortuna recuperada consistía en dos secadores perdidos con deshilado y todo, trozos de vasos cuyas vidas se estrellaron contra el piso, imanes del refri, pedazos de momificado pollo, tres chiles secos y cuatro re secados, tornillos, clavos, cuchillos lisos y de sierrita, un recibo de la luz y el diente postizo de mi abuelito, quien lamentó esa ausencia los últimos meses de su vida.

Mi familia volvió a sus raíces. La identidad generacional fue recuperada al fin, y el refrigerador volvió a su lugar en espera de nuevas entregas, con la misma avidez de la estufa y el gabinete grande.

A modo de sugerencia, vaya preparando el mapa que heredará a su familia.


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