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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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19 Agosto 2018 04:00:00
¿Cuál es tu marca?
La vida es una sucesión interminable de satisfacciones y desaguisados. Vamos muriendo y renaciendo un poco cada vez, como dijera Amado Nervo, a manera de arquitectos de nuestro propio destino.

La anterior reflexión está dada por un chicle y una revisión de mis libros de Medicina. El paralelismo entre ambos, más que una coincidencia, es una razón para hacer un alto, reflexionar, y valorar más la vida.

En días pasados acudí con un par de amigas a una sala de cine de franquicia, a ver una simpática película de producción nacional. Me agrada el cine que se hace hoy en día, ya superada la época de ficheras y matones. Todo fue muy agradable hasta que –ya en casa—descubrí un chicle pegado en mi ropa que –me acabo de enterar-- también se adhirió al asiento que yo ocupé en el vehículo de mi amiga. Me sentí apenada por el daño que el pegote pudo haber provocado a la tapicería.

Quiero contrastar este incidente desagradable con lo que me sucedió la mañana siguiente. Estoy reorganizando mi biblioteca, y ahora tocó el turno a un librero que albergó por mucho tiempo los libros que utilicé durante mi carrera universitaria. Dado el poco uso que tienen en la era de la Internet, decidí donarlos para una buena causa. Fue una sensación única, colocarlos frente a mí, luego ir tomando uno por uno entre las manos, platicar con ellos como tantas veces lo habré hecho, pero esta vez para explicarles su nueva misión. Surgieron sentimientos encontrados al sopesarlos, hojearlos, olerlos, y fijar la vista en alguna de sus páginas haciendo que llegaran a mi memoria instantes que creía olvidados, y que –como por magia—fueron apareciendo. Aquello resultó una sesión de remembranzas, sonrisas y dulces evocaciones. Recordé maestros, compañeros de aula, anécdotas, y por supuesto el sacrificio que tuvieron que hacer mis padres para comprar cada uno de aquellos libros. En ese momento pude ver de qué manera tan distinta cada ser humano va dejando su propia marca en la vida, dando algo de sí mismo durante cada etapa.

Esos gestos de agresión velada, como sería el pegar intencionalmente un chicle en la butaquería de un cine, tal vez con la anticipación gozosa de imaginar lo que alguien va a sufrir, son signos claros de enojo con la vida. No se trata de una violencia directa contra alguien en específico por algo particular, sino que es una violencia anónima y perversa, un desfogue, hacer el mal por hacerlo.

En esta vida no actuamos para ser reconocidos, pero qué agradable es –como el caso de mis maestros, la mayoría de ellos fallecidos—recordar a un ser humano sintiendo la mayor gratitud hacia su persona, de modo que evocarlo nos permite esbozar una dulce sonrisa. Recuerdo que los emolumentos de nuestros maestros eran simbólicos, si ellos estaban allí cumpliendo era por amor al arte, sembrando en los alumnos el amor a la Medicina. Cada día que asistían a dar su clase, cada vez que nos estimulaban a aprender las materias, cada vez que se alegraban con nuestros logros, ellos emprendían un acto de amor por la vida. Hoy los recordamos con cariño, y conservamos sus muchas enseñanzas en el corazón.

Cualquiera es buen momento para hacer un alto y preguntarnos cuál es la marca que vamos dejando a nuestro paso. Medir cómo utilizamos el tiempo, qué proyecto de vida nos hemos trazado, y si lo vamos cumpliendo. Cuestionarnos con sinceridad cómo o para qué utilizamos la palabra, de qué modo nos relacionamos con los demás, o –siendo sinceros-- cuántas veces echamos mano de nuestros recursos de comunicación para actividades tan ociosas como atacar o murmurar.

Hoy en día, cuando el acceso a las redes sociales se ha generalizado, habría que preguntarnos de qué modo hacemos uso de ellas, o cuántos de los mensajes que reenviamos tienen un propósito y un sentido, o si estamos reenviando indiscriminadamente todo lo que nos llega.

En la medida en que el ser humano se considera auténtico y único, es como generará acciones de valor, que le permitan ir dejando huella de su paso por la vida. Tendrá la capacidad de definirse por sí mismo, por lo que él decida hacer, y no por lo que los demás le señalen. Además contará con la fortaleza para mantenerse por la ruta que se ha marcado, aun cuando pueda tener el viento en contra. Aprovechará su tiempo en acciones que sean de beneficio, tanto para él como para los demás.

Suponer que porque urdiste un plan para dañar a otros eres un campeón, es tenerte en muy poco. Ocupar tu tiempo en cosas como esa, es un absurdo desperdicio que a nada lleva. Por ese camino puedes estar seguro de que nunca habrá alguien que te recuerde con cariño y agradecimiento, como hoy recuerdo a mis maestros, esos grandes triunfadores.


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