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Vicente Bello
Vicente Bello
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27 Julio 2018 04:00:00
Cuando el contrapeso se hace del poder
Conforme se acerca la 64 Legislatura el temor crece entre quienes serán ahora oposición. Es un temor que les inspira Morena, por sus 180 y tantos diputados, que sumados con los de los partidos con que se coaligó electoralmente, sumarán 311. Una cantidad de curules histórica, que en caso de que la alianza electoral se convierta en legislativa podrá sin mayor problema reformar todas las leyes secundarias que quieran, incluidas entre estas el manojo de leyes fiscales anuales, como la Ley de Ingresos y el Presupuesto de Egresos de la Federación.
Esto se supo desde la noche misma del 1 de julio. Lo que faltaba era la precisión de la repartición de las
curules.

El PRI, que durante muchos sexenios estuvo convertido en un partido propio de una dictadura, ahora se la pasará en esta legislatura en cierne mordiendo el polvo un día y el otro también. E igual sucederá con el PAN, que viene de gobernar durante dos sexenios.

Ambos partidos, que históricamente permanecieron unidos a partir de 1988 cuando Carlos Salinas de Gortari y Diego Fernández de Cevallos conformaron una alianza que contrajo terribles perjuicios para el pueblo de México, ahora han quedado nulificados casi, por los votos arrolladores de 30 millones 47 mil mexicanas y mexicanos que votaron en contra de ellos, fundamentalmente, y de sus vilezas propias de traidores a la Patria, y de sus superlativos abusos con el presupuesto de México.

Fueron estos dos partidos políticos los que hicieron posible que la deuda pública creciese exponencialmente, a partir de aquel 12 de diciembre de 1998, cuando se ayuntaron para aprobar una reforma legal con la que una deuda privada se tendría que convertir en deuda pública, tristemente conocida como la deuda del Fobaproa.

Una deuda construida en su mayoría por empresas y bancos, y, por cierto, de unos 700 mil millones de pesos. Una deuda de la que, desde entonces, ya se pagó con dinero público, de los contribuyentes, poco más de un billón 500 mil millones de pesos, y que sin embargo todavía se deben poco más de 2 billones. Dos billones correspondientes a esta deuda devenida del Fobaproa.

En rigor estricto, el voto de los 30 millones 47 mil personas puede interpretarse no solo como un reconocimiento a la confianza que inspira en la gente el ahora presidente virtual Andrés Manuel López Obrador, sino también como un reclamo, transfigurado en un gran trueno, contra un sistema de gobierno que todos los días hacía algo importante para fregar al pueblo de México.

No lo decían ociosamente quienes juraban, en todos estos años, que cada que el Congreso mexicano legislaba, la República se ponía a temblar; porque indefectiblemente eran procesos legislativos para avasallar todavía más a la gente, quitándole derechos sociales, quitándole sus riquezas –como ha sido el caso de la reforma energética, el más emblemático de cómo una clase política absolutamente perversa se jode a su pueblo- y también reduciéndole espacios de participación política.

Muchas de esas leyes eran, sin lugar a dudas, también un encargo de minorías poderosas, para hacerlos más ricos a costa no solo de la calidad de vida –ya bastante deteriorada- de la población, sino también a costa del porvenir, el destino, de millones de jóvenes.

Ahora priístas y panistas se duelen, chillan porque Morena y sus aliados pasarán sobre ellos como una super aplanadora. Y, con el grito en el cielo, siguen pretendiendo meter miedo a la población, diciendo alarmados que el próximo presidente de la República no tendrá contrapesos en el Congreso. Y hasta lo equiparan con el PRI más rancio de mediados de los años 40 del siglo que pasó.

No dicen que en realidad el contrapeso que ellos tuvieron durante años, ahora llegó al poder. Y de manera abrumadora. Y que aquellos 30 millones 47 mil votantes lo menos que esperan es que se comiencen a revertir todas y cada una de las chacaladas jurídicas que el PRI y PAN hicieron a México, especialmente a partir de 1982,
hace 37 años.

Y todavía más: se espera que este Congreso, en cuyas decisiones prevalecerá Morena y el Pt y el PeS, comience a abrir aquella otra etapa de la democracia participativa, que tanto estuvieron frenando el PRI y el PAN.

Una democracia participativa que también se le conoce como democracia directa, en la que dejan un paso atrás a la representativa.

El pueblo de México tiene conciencia de cómo ha padecido durante años una democracia representativa que solo sirvió para simular que los diputados y senadores eran los representantes del pueblo o de la nación. Y sabe la gente que durante años estos dos partidos detuvieron las nuevas figuras democráticas como la del referéndum.

Ciertamente, dirán algunos, las candidaturas independientes son parte de esta democracia directa. ¿Por qué fallaron en esta ocasión? Es un tema que deberá airear, debatir a profundidad el Congreso mexicano, y junto con él muchas organizaciones sociales y centros de estudios de las universidades, para mejorarla.

La imagen del Bronco y los otros aspirantes a candidatos pretendiendo engañar a la sociedad, no tendría que repetirse nunca. Aunque sí se tiene que rescatar la figura de las candidaturas independientes. Sería parte de un debate obligado a partir de la 64 Legislatura. Como también muchos otros debates, sobre el sistema de gobierno
incluso.

Hubo un tiempo que se debatió en las universidades la opción de migrar de un sistema presidencialista hacia un sistema semipresidencialista o semiparlamentario. Algunos lo considerarán obsoleto. Otros no. Como se ve, tendrán mucho trabajo. Veremos.
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