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Abdel Robles
Abdel Robles
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Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Reportero sección policiaca en Editora El Sol, reportero sección local El Norte, coeditor del vespertino Extra de Multimedios, director editorial del Periódico La Voz de Monclova, director Editorial de El Diario de Coahuila, Comunicación del Municipio de San Nicolás de los Garza, NL, director editorial de Zócalo Piedras Negras, y actualmente editor en jefe de Zócalo Monclova

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01 Noviembre 2015 03:10:49
Cuando Farino orina se cura el pollo
El patio común… los pollos de todos. Una marca azul los de ma´linda… una rosa los de la tía Godeleva.Las casas de madera terminaron por rodear el solar y un patio de 10 por 10 quedó en medio, para jugar… para soñar… para cortar anonas y mangos… Para criar los pollos. Esperanza de un buen plato de mole… o de venta… Esperanza que solía diluirse cuando llegaba una extraña viruela que terminaba con todos los pollitos. Hasta que Godeleva encontró el remedio mágico… “hay que orinarles la cabeza”, dijo… Es que un día, por mera distracción, Farino, su hijo el que siempre andaba encuerado, orinó por la ventana sin advertir que un pollo virulento se encontraba moribundo allí enfrente. Lo bañó literalmente… y el pollo milagrosamente sanó. Pensó que a lo mejor la orina de Farino era milagrosa, así que comenzó con sus experimentos… Puso a sus demás hijos, Eleazar, Lucio y Emir a probar… ¡y dio resultado!, los pollitos sanaron. Orinoterapia en su más zoológica expresión. Salvación para todos mis amigos… esta vez sí habría pollos para Navidad… para comer un delicioso pollo al horno, sueño guajiro de los descamisados de aquellos patios. ¿Pollo para la cena?… no era un sueño. Gracias a la mágica pis de los 14 descamisados, era posible. Y ocurrió que Godeleva y ma´linda encontraron una manera muy sencilla de aplicar el remedio; rodearon el patio con una cerca de malla para que los pollos no pudieran escapar. Cuando aparecía un pollo con viruela, todos los demás eran encerrados en un gallinero, y el solitario enfermo era soltado en el solar común. Y entonces venía el grito… “¡Poooollo con viruela!”

No se necesitaba más… como en las caricaturas de los superhéroes; podía uno estar jugando a las cuirias a punto de hacer rebolión… podría uno estar ensimismado en la tarea escolar… o podía estar imaginando cosas… El llamado era ineludible y allá salía uno… bajando la bragueta en el camino para llegar a tiempo y perseguir al pollito, pajarito en mano, mientras se soltaban a manera de metralla los chisguetes. El pollo corría como desesperado… emitiendo pillidos angustiados, hasta que por fin, acorralado junto a la cerca de malla, terminaba por acurrucarse mientras le aplicábamos el remedio. Obvia decir que de ahí teníamos que ir directos al guaje de agua para bañarnos… las huellas de la batalla eran evidentes en manos y pantalones truncos. Cual guerreros tras la batalla, volvíamos a la actividad normal, para esperar el siguiente llamado del deber. Y sí… los pollos sanaron. Pero no los comimos en navidad, ni después… No pudimos, los llegamos a querer tanto, que los dejamos morir de viejos.

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