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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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24 Junio 2017 04:00:00
Cuando hace más frío adentro que afuera
¿Se ha sentido solo aun estando con su familia, en un grupo o en medio de una multitud? Parece que a todos nos ha pasado. Esta familiar sensación tiene dos causas: o usted se ha aislado, por sentirse incómodo, abrumado, triste o de cualquier otra manera que por el momento no le permite ser parte, o es un excluido, alguien a quien los demás toleran pero no integran.

El aislamiento se da por iniciativa propia; la exclusión, por una condena ajena. El primero puede ir desde una prerrogativa, hasta una limitación que impide relacionarse naturalmente con otros, derivada de un sentimiento de inadecuación, ya sea porque realmente estamos fuera de un contexto en particular o porque hemos adquirido una discapacidad emocional que nos hace sentirnos así en todo momento, en todo lugar y con toda persona, debido a que fuimos condicionados por episodios repetitivos de exclusión, ocurridos a temprana edad y no pocas veces en el seno de la familia.

En esta era de la globalización, la mayoría de los seres humanos estamos aislados. Aunque podemos “conectarnos” virtualmente con cualquiera en cualquier parte del mundo, hemos extraviado el conocimiento emocional y la costumbre de la verdadera conexión, que sólo se da a través de la empatía, esa cualidad del alma que nos permite sentirnos como se sienten otros, y que no distingue razas, clases, géneros, edades ni condiciones.

Con el aislamiento –lo que nos hacemos a nosotros– ha crecido también la exclusión –lo que le hacemos a otros cuando no se parecen a nosotros o no queremos compartir lo que tenemos con ellos–, producto no sólo de la falta de empatía, sino de la abierta intención de restarle a otros para sumar nosotros. Si bien ambas conductas conllevan patrones deshumanizados de convivencia, la exclusión es por mucho más peligrosa que el aislamiento, pues impacta tanto al que afecta como al afectado, derivando en una canibalización social, la destrucción del planeta y la extinción de la especie.

Sin empatía estamos vacíos, constantemente desasosegados, completamente solos y frágiles, porque no podemos establecer conexión, esencia de la vida, del ser y de la existencia misma. Sin empatía es imposible conocer el verdadero amor. De ahí que lo hayamos sustituido con pasión sexual, apego, posesión e incluso negociación.

La empatía no puede ser ilimitada, ciertamente. La idea de ir por ahí sintiendo en todo momento lo que sienten los demás es aterradora. Hacerlo significaría renunciar a nosotros mismos y sumirnos en la confusión. Pero racionalizar la empatía no es lo mismo que parcializarla.

Somos racionales cuando nuestras emociones, estado de ánimo y conciencia nos permiten sostener el ejercicio de la empatía sin morir de angustia en el intento, de tal manera que podamos ofrecer ayuda o contención a quien la necesite. Somos parciales cuando con culpa o lástima, que no compasión, por tanto emocionalmente endebles y de manera fortuita, nos conectamos con una realidad de otro que no nos gusta –peor la molestia si hemos contribuido a la situación directamente–, e intentamos remediarlo haciendo rápido lo que se espera de nosotros.

Por otra parte, el remedio a la exclusión no es personal, sino colectivo, pero debe, por supuesto, comenzar en la dimensión del sujeto. La verdad de que el bienestar de los demás es el propio se ha instalado apenas en unas cuentas mentes. La realidad de que lo que hago a otros me lo hago a mí es todavía menos presente en la conciencia humana.

Ante la oferta mundial de exclusividad con un “apúrese porque se acaba”, pisamos y dejamos a los demás en el camino, sin que nos importen, ya no sus desgracias, sino las consecuencias para nosotros mismos. Pero excluir a otros es aislarnos, cercarnos, limitarnos, vaciarnos. A su tiempo se paga, mínimamente, con dolor.
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