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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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24 Febrero 2019 03:36:00
Cuando hay una sola voz
Eran los años 60 cuando quien esto escribe viajó por primera vez a España. Francisco Franco se eternizaba en el poder con todo el horror que hubo detrás de ello. El arribo a la península no ofreció nada espectacular. El aeropuerto Madrid-Barajas era como una estación de autobuses en versión tercermundista comparada con el gigantesco y atiborrado Heathrow londinense que acababa de abandonar una hora antes.

Madrid tampoco tenía empaque de gran ciudad. Era una población opaca y un tanto provinciana, salvada de la mediocridad por el Museo del Prado y otros dos o tres lugares más. La Calle Mayor, en ese entonces todavía llamada José Antonio, concentraba algunos comercios y un par de restaurantes memorables, entre ellos uno excelente de mariscos, el Bajamar.

Sin embargo, la estancia resultó grata e ilustrativa. El curso de verano en la Universidad de Alcalá de Henares le dio la oportunidad de entrar en contacto con un auténtico pueblo español, visitar la casa donde se dice nació Cervantes, conocer a algunos profesores interesantes y asistir a la fiesta de coronación de la Dulcinea, la reina complutense de ese año.

Los periódicos, decepcionantes, informaban un día sí y otro también de las andanzas de un famoso bandido de esa época, las cuales robaban algo de espacio a extensos reportajes acerca de Francisco Franco. Inolvidable una portada, creo que del ABC, donde aparecía Franco empuñando una escopeta y decenas y decenas de perdices en el piso abatidas por los certeros disparos del “Caudillo”, según le identificaba el periódico. Otras noticias provocaban igual repulsión, como la de un maestro barcelonés preso por haber cometido el grave delito de enseñar catalán a un grupo de alumnos, o el retrato que Dalí había pintado de la hija del dictador.

Pero la sorpresa mayúscula fue la entronización como gran poeta de España de Manuel Machado y el desconocimiento casi absoluto de la obra de su hermano Antonio, a quien casi todo mundo de habla hispana consideraba mucho muy superior a Manuel. Este, autor de algunos poemas de mérito, era muy dado a escribir versos de castañuela y pandereta.

La razón de la sinrazón era muy sencilla. Manuel se había plegado al franquismo. No sabemos si por gusto, por conveniencia o por miedo. En cambio, Antonio, uno de los poetas de talla máxima de habla hispana, fue republicano. Pecado imperdonable para Franco, cuyo deporte favorito era ejecutar republicanos, mandarlos a la cárcel y usarlos como mano de obra esclava para tallar en la roca la iglesia del Monumento de los Caídos, donde pensaba ser sepultado y aún se encuentra lo que queda de sus restos.

¿A qué vienen todas estas historias? Son pertinentes, pienso, porque apenas el viernes se cumplieron 80 años de la muerte de Antonio Machado, quien expiró en Collioure, Francia, cuando huía de la persecución desatada por los nacionalistas franquistas. Murió lejos de su hogar, como canta Joan Manuel Serrat.

A propósito de la efeméride, la semana anterior el suplemento Babelia de El País dedicó un amplio y bello reportaje al exilio y la muerte del poeta. La desaparición de Franco, en 1975, provocó cambios profundos en España. Uno de ellos, no menor, fue una suerte de “resurrección” de Antonio Machado, quien hoy ocupa entre sus coterráneos el lugar que le corresponde en la nómina de los grandes autores.

Tragedias parecidas a la de don Antonio ocurren cuando en cualquier lugar se escucha solamente una voz y se silencian las que no le hacen coro. ¡Cuidado!
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