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Vicente Bello
Vicente Bello
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14 Agosto 2018 04:00:00
Cuando la minoría se convierte en mayoría histórica
Si construir leyes es una función esencial del Congreso mexicano, servir de contrapeso es todavía más importante. La función de control político es la razón de existir del Congreso de la Unión. Pero durante muchos, muchísimos, años, esta actividad suprema de los legisladores no ha sido más que una simulación.

Una simulación porque las mayorías conformadas en el Congreso han sido controladas, y por lo tanto subordinadas, al poder al que tenía que hacerle un contrapeso, en el caso mexicano al titular del Ejecutivo Federal.

Plutarco Elías Calles, aupado desde su maximato, en 1933 torció de tal modo al naciente sistema político que prohijó una reforma constitucional, con un propósito: prohibir la reelección en presidentes municipales y diputados federales, como sí lo había mandatado la Constitución de 1917.

El motivo consistía en hacer que las carreras políticas de quienes entonces comenzaban a pergeñar la naciente clase política mexicana dependieran no de su esfuerzo y relación con la gente, con el pueblo, sino del partido político incipiente de entonces y del presidente de la República en turno.

Aquel partido político no era otro que el Partido Nacional Revolucionario, de 1928 a 1938, después devenido en Partido de la Revolución Mexicana, de 1938 a 1946, y desde el año 1946 a la fecha, Partido Revolucionario Institucional. Sí, el mismo PRI que a partir del reciente 1 de julio anda herido de muerte en serio.

Parte crucial de su cacicazgo transexenal (pretendía Calles erigirse en cabeza de un cacicazgo que no llegó más allá de 1934, cuando con Cárdenas en la presidencia se tuvo que ir incluso del país) iba a ser esa reforma constitucional de 1933.

Calles fue presidente de México de 1924 a 1928. Iba a ser sucedido por Álvaro Obregón, pero cuando éste fue asesinado en el restaurante La Bombilla, Calles maniobró para que “nadie se hiciera bolas”…, e impuso a Emilio Portes Gil, después a Pascual Ortiz Rubio y al final a Abelardo Rodríguez, a quienes colocó en la silla presidencial dos años respectivamente.

La reforma del 33 incluyó la ampliación de los periodos presidenciales, que de cuatro (con los casos excepcionales los tres presidentes del callismo) se fueron a los seis años, a partir de 1934, cuando llegó a la presidencia el general Lázaro Cárdenas del Río.

Independientemente del rompimiento de Cárdenas con Calles, el sistema presidencialista mexicano se robustecía mediante el fortalecimiento a ultranza de la presidencia de la República, a cuyo titular el sistema político comenzó a forjar como un gran tlatoani, un rey, un dios, que hacía que no se moviera nada en la vida pública del país si él no lo consentía.

Las cámaras del Congreso mexicano eran fábricas de una clase política que servía fundamentalmente al presidente de la República y al PRI.

De la Cámara de Diputados como de la de Senadores surgían los liderazgos del PRI a futuro. Y, durante muchos años, eran los campos de donde invariablemente surgían los gobernadores de todos los estados de la República.

Ser diputado o senador era tener la oportunidad para placearse ante el presidente de la República y ante los mandos medios y altos del PRI. Y un factor fundamental para ser reconocidos o tomados en cuenta para futuros encargos políticos o administrativos era la disciplina.

Tan bien funcionó ese verticalismo al PRI que trasminó a todos los partidos políticos, incluido por supuesto al PAN, cuyo nacimiento en 1939 tuvo como objetivo histórico conseguir que fuese revertida la nacionalización petrolera del 18 de marzo de 1938, cosa que consiguió parcialmente con la reforma energética de octubre de 2008, y plena y absolutamente con la reforma constitucional de agosto de 2014, de la que han barbotado todas las desgracias económicas del México actual.

No ha habido un solo partido que diga que trabaja para llevar a México a la democracia, pero casi todos ellos son antidemocráticos por apellido. Ha sido así la herencia, el mal ejemplo que dio el PRI en el sistema de partidos mexicano. El verticalismo que se practica en los partidos políticos afectó gravemente la relación que tienen sus diputados y senadores con el pueblo o con la gente que dicen representar.

Los legisladores, históricamente, más bien han respondido a los intereses de sus jefes partidistas, y en el caso del partido en la presidencia de la República, pues responden al presidente en funciones.

Aunque en el caso del PRI no ha sido solamente al presidente en funciones, a partir de que un sucesor de Calles, muchos años después, lo superara. Se refiere uno por supuesto a Carlos Salinas de Gortari, un desalmado sujeto que lleva traslapada en el alma el sino de sospechas históricas y de haber tomado el timón de un régimen neoliberal que nació en México en 1982, desde cuando se erigió en el secretario de Programación y Presupuesto en el sexenio de Miguel de la Madrid.

En todos estos años de presidencialismo priísta, el Congreso mexicano sólo fue una triste farsa de contrapeso.

Cuando algo no le convenía al PRI, o compraba literalmente a un sector de la oposición o cometía verdaderas vilezas y trapacerías en el Congreso para evitar legislaciones contrarias a su conveniencia.

Siempre hubo en el Congreso una real oposición, pero minoritaria, que bregaba a contra corriente. Y a contracorriente era incluir burlas del PRI y PAN, ayuntados invariablemente a la hora de joder a la gente.

Ahora, por gracia del pueblo de México, aquella minoría histórica se convirtió en mayoría aplastante. Veremos qué tanto cambia el curso de la historia.
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