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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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02 Febrero 2017 04:00:00
¿Cuánto nos sale costando la justicia?
Yo, declaro, que la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte. (Platón).

Hacer depender la justicia de las convenciones humanas es destruir toda moral. (Cicerón)

La justicia no es, en ningún modo, obra de la ley. (P.J. Proudhon).

Hay en la vida una justicia inminente, que se cumple con lentitud, pero sin fallar; en ella dejo toda mi esperanza. (Rilke).

México. La Procuraduría General de la República eludió hablar sobre la averiguación previa que integra contra el expresidente Vicente Fox y el estado que ésta guarda, con el argumento de que es información reservada.

Pero si hablamos de justicia en este país, mis valedores, aquí la nota optimista: se acaba de integrar el flamante Comité de Participación Ciudadana del Sistema Nacional Anticorrupción. La noticia respectiva anuncia que se tendrá que proporcionar dinero para instalar el comité de marras e iniciar las operaciones anticorrupción: edificio, oficinas, equipo electrónico, personal de operadores, oficinistas y secretarias, con los vehículos para mover al susodicho personal. En tiempos de gasolinazos y austeridad el secretario técnico percibirá un salario mensual de 200 mil pesos. A ese precio se trata de la justicia, de desterrar la corrupción. Es México.

Así pues, la justicia, esa suprema aspiración del humano que constituye la máxima virtud de toda comunidad, su elemento vital, que es decir su sangre, su savia, su oxígeno. Tan escasa resulta la justicia entre los humanos, y tan apreciada, que la imaginación le ha ideado y urdido mundos ideales, donde esa aspiración es un hecho fehaciente para los habitantes de tales mundos imaginarios: en El Edén y en La Antártida, en La Edad de oro, la Ciudad del Sol, La ciudad de Dios, La Utopía, El Falansterio y el socialismo ideal, en fin. Semejantes utopías son estas imaginadas en razón directa de nuestra imperfección como humanos. Por cuanto a los mexicanos: de la justicia poco sabemos, pero con la injusticia todos estamos familiarizados, porque de ella existen siempre entre nosotros cuando menos un par de testigos: el victimario y la víctima.

Porque la injusticia y la desigualdad están presentes en el humano desde su nacimiento, y lo acompañan hasta que deja de ser. Sin la justicia, en la comunidad afloran los peores instintos, se vive en el miedo, la frustración y el rencor. Al margen de la justicia viven una existencia de oprobio, de indignidad, e inexorablemente acaban por sucumbir. Sin la justicia, en la comunidad afloran los peores instintos, se vive en el miedo y el rencor, sin un mañana que le dé confianza y seguridad. Entonces se cae en la aberración y en el linchamiento, esa patología que la ignorancia nombra “justicia por propia mano”.

Cuando en esa comunidad existe la justicia, las masas coexisten ordenadas, y son, por lo mismo, justas, armónicas, equilibradas. Cuando los miembros de esa comunidad perciben que esa justicia existe son capaces de la epopeya. La larga marcha de Mao, el corte de caña y la campaña alfabetizadora en Cuba, y en México la expropiación petrolera, con la gente poniendo en manos de Cárdenas las joyas de la familia. Cuando percibe que no existe la justicia, esa comunidad se agosta, se erosiona, se resquebraja y termina en cínica. (Todo esto sigue después.)
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