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Yuriria Sierra
Yuriria Sierra
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08 Noviembre 2015 05:00:30
Cuba (14 años después)
La visita de Castro reactiva la amistad entre México y Cuba

Cuando en 2008 Fidel Castro dejó la Presidencia, el anuncio pareció el de un agotamiento, no sólo de él, sino de un sistema que no fue lo que esperaron ni sus protagonistas ni sus entusiastas ni sus gobernados. La Revolución cubana fue, por supuesto, un momento histórico del siglo 20, esa disidencia a la democracia y al capitalismo que se enfrentaba al mundo. México siempre caminó de la mano de Cuba; sin importar
las miradas de EU, fuimos siempre países cercanos.

La relación se tensó con el desencuentro entre Fidel Castro y Fox. Era 2002: Fox invitó a Castro a Monterrey, pero éste se retiró de manera abrupta del evento. Días después se conocería la razón: una llamada telefónica, la del famoso “comes y te vas” para no incomodar al presidente de EU George W. Bush. Dos años más tarde, Carlos Ahumada fue detenido en Cuba. Ambas naciones se distanciaron, a pesar de la
cercanía y de compartir las aguas del Golfo. Felipe Calderón hizo su intento por mejorar la relación, pero poco se logró. Luego llegó el cambio de estafeta en la isla: la entrega del poder de Fidel a Raúl.

Ese fue un momento histórico protagonizado por los Castro, aunque Fidel ahí seguía, como la figura icónica de un mundo opositor que llevó la revolución a su país, pero ésta no llevó consigo el progreso prometido. Ni en Cuba ni en la ex-URSS ni en ninguno de los países que adoptaron la utopía que, al cabo, se volvió distopía. No pudieron salvarla ni Hugo Chávez ni su heredero Nicolás Maduro. En Cuba, la resistencia
comenzó a apagarse o, más aún, cambió su objeto de repudio: el comandante se había convertido –como sucede cuando un hombre permanece mucho tiempo en el poder– en el tirano. Miles de cubanos huyeron de su patria. Las virtudes que sí trajo ese régimen se opacaron con las necesidades básicas que los cubanos no lograron satisfacer permaneciendo en su país. Una cosa por otra: niveles educativos envidiables,
pero sin infraestructura para desarrollarlos, sin libertades elementales, sin condiciones para el crecimiento. Cuba entró en una era de agotamiento y la salida de Fidel se entendió como tal, más aún cuando Raúl comenzó a guiñar hacia la transición.

En este sexenio, con un tejido diplomático que acompañó el conocido anuncio histórico hecho en Washington y bien recibido en La Habana, México comenzó a reconstruir la relación lastimada. Y ayer, Claudia Ruiz Massieu concretó con éxito la labor iniciada por José Antonio Meade, no sólo para recomponerla, sino para convertir a este país en un actor principal en el proceso de transformación de la isla. Ruiz Massieu logró concretar un encuentro que en la última década parecía imposible. Así, Cuba y México rea-nudaron ayer una relación que terminó de sanar, pues la visita del Presidente cubano, 13 y medio años después, reactiva no sólo la amistad entre ambos países, sino también el papel que cada uno juega en la región que compartimos. México, como lo dijo Enrique Peña Nieto en su mensaje de bienvenida a Castro en Mérida, desea que a Cuba “le vaya bien”. Los inminentes cambios de la isla tienen en suelo mexicano un punto de apoyo para concretarse.

Por su parte, el discurso de Castro, además de anecdótico, como lo son las charlas entre dos amigos que se reencuentran, fue prudente en cuanto a posturas políticas. La transición democrática de Cuba ya empezó y México formará parte de ella, porque después de la Revolución cubana no la soltó ni la dejó sola. México y su capacidad diplomática será el testigo que ha visto a los Castro en su histórico papel: a un Fidel que, como un gran idealista, hizo la Revolución, y a un Raúl que, como gran estadista, entendió cuando la Revolución ya no daba para más.
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