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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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04 Marzo 2017 04:00:00
¡Culpable soy yo!
Mi primo el Jerásimo. Amante del pomo como buen licenciado del Revolucionario Ins., cierta noche logré llevarlo conmigo a una sesión de Alcohólicos Anónimos. Y es que para un borrachales como él tantas derrotas políticas del Tricolor ameritan muchas botellas. Ahora se intoxicaba por Borge y los Duarte (“para matizar la vergüenza”), y ahí estábamos, atejonados, en la sesión de “Doble A”.

Y qué confesiones las de esa noche de miércoles, que testimonios humanos que me anudaban y fruncían gañote y criadillas en la catarsis colectiva de las humanas miserias.

–Mi nombre es Josefo y soy un alcohólico. ¿Alguno de ustedes ha tocado fondo en el fondo sin fondo del delirium tremens?

Y fue entonces. De repente el Jerásimo, estremecidas de tics sus facciones, se dio el levantón. Vi que del cuadril desenterraba su anforita disimulada en una bolsa de hojaldras, mi desayuno de esa mañana, y que le da un mordisco al gollete. Un rápido amamantón. Un súbito suspirillo. Ahora hablaba aquel pálido de cotorina color mamey.

–¿Vivir? ¿Vivía? ¡Mi cuerpo se desgajaba por dentro, exigía alcohol, ríos de alcohol! Sobre mí orfandad toda la angustia del mundo. “Ven, muerte”, clamaba yo en vano. Y aquella soledad.

La soledad del que perdió a su amantísima, los chamacos, los amigos, todo. “¡Dios, y así me juras que existes!”.

Y el gemidillo, y el lamento, y el. ¡Jerásimo! ¡Qué haces, insensato, cuando menos esconde esa ánfora!

Un brinco, dos, un trastabilleo, y ahí estaba detrás de la mesita que servía de tribuna:

–¡Licenciado es mi nombre, y el Revolucionario Ins. mi divisa!

Y ándele (prodigio de la catarsis colectiva), que suelta su guácara de gemidos, y que se cimbra, manotea, grita su compulsión:

–¡Culpable soy yo! ¡Toda mi trayectoria política la he perpetrado en plan cacardioso! ¿Saben cuál es mi crimen mayor, que estoy perpetrando ahora mismo, y por el que respetuosamente les pido la pena de muerte?

–¡Jerásimo, cierra la boca! ¡Esconde esa botella! ¡Baja de ahí, ven a sentarte, qué desfiguros!

– ¿Saben cuál es? ¡Yo, en punto pedo, he dañado profundamente al país! ¡Yo, yo, mírenme bien, arrímense acá y castígueme, mándeme capar en el penal de El Altiplano, que merezco esto y más! ¡Todo por culpa de esta, correligionarios del pedo!

Y bandereaba la cacardiente Ah, los efectos de la catarsis.

A gritos: “Mea, mea, mea culpa, conciudadanos anónimos! ¡El tamaño de mi delito nomás calcúlenlo! ¡Cuatro años de ser asesor de nuestro señor. Presidente Peña! ¡Yo, sí, soy el que le ha venido aconsejando todas y cada una de sus medidas de gobierno! ¡Política, finanzas, economía, relaciones internacionales, el trato con Trump, su defensa de la soberanía nacional! ¡Todo, y asesoro también a Videgaray, los demás no cuentan! Tú, cacardienta, maldita seas!”.

Y a todo vuelo de brazo la arrojó al suelo, donde formó un charquito apestoso. Entre seis, ocho anónimos, lo redujeron. Desmadejado en el volks, me lo llevé a Urgencias. Y sí, ya el primo resucitó de entre los crudos.

–El sí, ¿pero nuestra asociación qué?

Y don Gil, el decano del grupo de Alcohólicos Anónimos, me miraba sin parpadear. Y es que la noche de miércoles, al derrame del pomo, media docena de anónimos se aventaron al piso, lo olisqueaban y se soltaron lengüeteando y arañando el cemento. “A dos ya los localizamos. Ahogados”.

–¿En el Gran Canal?

–Ahogados de borrachos. Del paradero de los otros cuatro nada hasta estas horas, ¿qué le parece?

Yo agaché la cabeza. (Qué más).
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