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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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26 Junio 2018 04:07:00
Culto a la personalidad
El clima electoral mezcla el enojo ciudadano contra una clase gobernante rapaz, obcecada e incompetente, y el entusiasmo frente a la posibilidad de un cambio real. La mayoría ya no soporta al PRI ni al PAN, cuya simbiosis restó poder a los ciudadanos para acrecentar el de los políticos y los empresarios afines. Legiones de compatriotas, sensibles a la injusticia e indignados por los excesos del poder, parecen resueltos a poner un hasta aquí por la vía de las urnas y no de las armas. A éstas apelaba el líder de la CTM, Fidel Velázquez, uno de los pilares del PRI, para “defender” la silla del águila: “A balazos llegamos y los votos no nos sacarán”.

En sus Memorias. Una vida azarosa, novelesca y tormentosa (Grijalbo, 1984), el cacique potosino Gonzalo N. Santos revive con morbo escenas de la elección presidencial de 1940, la cual se ganó literalmente a tiros. El saldo, tan sólo en Ciudad de México, fue de 30 muertos y 158 heridos (Aguilar Casas y Serrano Álvarez, Posrevolución y estabilidad. Cronología (1917-1967)). El sistema civilizó sus métodos, pero no renunció por completo a la violencia; ahora compra votos, conciencias y plumas para retener el poder. Todos los partidos lo hacen, según el presupuesto. Y cuando el erario no alcanza, recurren al dinero sucio.

El gran capital se siente cómodo con el bipartidismo neoliberal del PRI y del PAN, aunque tampoco le fue mal con el nacionalismo revolucionario de Salinas. Pero esta vez la campaña de miedo contra Andrés Manuel López Obrador, orquestada junto con los gobiernos de Fox, Calderón y Peña, naufragó. Los beneficiarios del statu quo han sido los multimillonarios de Forbes y sus socios políticos. Varios de ellos fueron enlistados por la revista entre los 10 mexicanos más corruptos de 2013 por su riqueza y nexos con el crimen organizado.

El fracaso de la guerra sucia contra AMLO se refleja en las encuestas. A diferencia de 2006 y 2012, hoy se le perdona cualquier dislate y salida de tono. En cambio, al presidente Peña, a la partitocracia (PRI-PAN-PRD) y a la clase gobernante en general, se les atribuyen todas las calamidades: corrupción, violencia, impunidad, injusticia. Empero, adjudicarle al caudillo facultades y cualidades inexistentes, tiene nombre: culto a la personalidad. Algunos de sus rasgos son:

“Exagerada devoción de todas las personas con el líder. Exagerada adulación y adoración unipersonal al caudillo mimetizado con la figura del Estado que rige. Hasta cuando el caudillo se enferma, se pretende que enferma el país. Presencia de un enemigo ‘común’ que justifica el rol histórico del líder, como una potencia enemiga extranjera, un grupo económico o religioso, o un sistema político contrario al que se profesa…”.

El Diccionario Soviético de Filosofía describe así el fenómeno: “ciega inclinación ante la autoridad de algún personaje, ponderación excesiva de sus méritos reales, conversión del nombre de una personalidad histórica en un fetiche. La base teórica del culto a la personalidad radica en la concepción idealista de la historia, según la cual el curso de esta última no es determinado por la acción de las masas del pueblo, sino por los deseos y la voluntad de los grandes hombres (caudillos militares, héroes, ideólogos destacados, etc.)”. (Wikipedia.)

AMLO seduce y asusta al mismo tiempo. ¿Cómo interactuar con un líder así en la Presidencia? El candidato de Morena habla y piensa en pasado; el del PAN, Ricardo Anaya, en futuro; y el del PRI, José Antonio Meade, en nombre de la desmemoria y del sistema, responsable de la actual encrucijada electoral.
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