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Dalia Reyes
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08 Noviembre 2018 04:00:00
Culto al diablo
Por fin pasó el Día de Muertos. Me gustan los cempasúchiles, gusto del pan de muerto y disfruto del colorido que le ponen a los comerciales alusivos a la muy mexicana tradición de los altares; será porque en el norte no siempre fuimos mexicanos, pero no tengo tan claro cuál festejo me toca: El culto al diablo o la herencia prestada de Quetzalcóatl.

Carlos Pellicer escribió: “El pueblo mexicano tiene dos obsesiones: El gusto por la muerte y el amor a las flores. Antes de que nosotros habláramos castellano, hubo un día del mes consagrado a la muerte; había extraña guerra que llamaron florida y en sangre los altares chorreaban buena suerte”. Es extraño cómo este párrafo no se reprodujo en todos los debates electrónicos que tuvieron foro en redes sociales; sin embargo, si contásemos la cantidad de veces que se aludió a Halloween como culto al diablo, la pelea justa sería un asunto discutible. Como sea, el norte mexicano no pertenece a Estados Unidos y poco se compara con el resto del país.

México está compuesto por tres países: El Sur, el Centro y el Norte; no me detendré a sostener lo que han dicho ya voces autorizadas. Yo puedo dar testimonio del último: El mío no es ese que suspende labores una semana por rendir culto religioso; tampoco encuentra los monumentos construidos por sus antepasados por la sencilla razón de que fueron nómadas. ¿A dónde podrían llevarle flores a sus muertos si quedaban puestos en canastas apenas resguardados en una cueva a merced de los animales?

Por si fuera poco, en esta discusión tan manoseada acabó involucrado hasta Bond, James Bond, y no como agente secreto, sino de un modo bastante procaz. De algún modo los productores supusieron que si había desfile de Parachicos en Chiapas lo habría en todo el territorio nacional y se inventaron el más vistoso paseo de calaveras por las calles mexicanas; tras de eso, organizamos desfiles como si lo hubiese dictado Bernal Díaz del Castillo.

Las tradiciones rebasan los dictados oficiales y las esperanzas turísticas, cada trozo de tierra es un país cuando se trata de festejar o de llorar; discutir por eso es tan vano como entablar una guerra porque unos son blancos y los otros no.

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