×
Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre
ver +
Es un escritor y periodista nacido el 8 de julio de 1938 en Saltillo, Coahuila, México, siendo hijo de Mariano Fuentes Flores y Carmen Aguirre de Fuentes. Es famoso por su humor, el que ha plasmado en su obra escrita. A los quince años de edad obtiene la licencia de locutor de radio. Abogado por la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, es maestro en Lengua y Literatura, así como maestro en Pedagogía, por la Escuela Normal Superior de Coahuila.

" Comentar Imprimir
28 Enero 2011 05:10:27
Cultura humanística
“Todas las noches, sin fallar ninguna, le hago el amor tres veces seguidas a mi esposa. ¿Eso es bueno o malo?”. Tal consulta le planteó a don Arsilio, en el confesonario, un hombre ya de edad. El buen sacerdote, conocedor profundo de la naturaleza humana, le respondió: “No es ni bueno ni malo. Es mentira”. Aquel señor amonestó a su hijo adolescente: “Si incurres en placeres solitarios la vista se te va a debilitar”. Le indica el muchacho agitando los brazos: “Acá estoy, papá”. El maduro señor llegó al hotel con una mujer joven. “Mi esposa y yo queremos una habitación” -pidió a la recepcionista. “Tenemos cuartos disponibles -le informa ella-, pero sólo con camas gemelas”. El señor se vuelve hacia su acompañante y le pregunta: “¿Así está bien, querida?”. Responde ella: “Sí, señor”. ¿Qué haría yo si el Presidente me nombrara secretario de Educación Pública? Mi primera acción sería buscar de inmediato a alguien mejor que yo para que me sustituyera. Luego le aconsejaría restablecer el estudio de las humanidades en todos los grados escolares, desde la primaria hasta el doctorado.

Hay materias como las matemáticas, que por ser ciencias exactas admiten sólo una respuesta verdadera para cada pregunta. Los malos profesores hacen difícil el estudio de esa asignatura, lo mismo que de otras como la física y la química, y por soberbia o incapacidad las presentan como estudios esotéricos reservados sólo a unas cuantas inteligencias privilegiadas. Atormentan a sus alumnos, y los reprueban por el placer de sentirse superiores, en vez de acompañarlos en el aprendizaje -que puede ser interesante, y aún ameno- de algo que es en verdad bello por su armonía y precisión. Imprescindibles, claro, son esos conocimientos, los científicos, pues de la ciencia derivan las únicas indubitables certidumbres, y las herramientas para el progreso material del hombre. Pero la ciencia es a su vez otra herramienta, y las herramientas son por naturaleza inertes, sin relación alguna con conceptos como el del bien y el mal.

Un piolet -bastón de alpinista con hierro puntiagudo en un extremo-ayudó a sir Edmund Hillary a conquistar el Everest “porque estaba ahí”; y de un piolet se valió Mornard para asesinar a Trotsky. Así las ciencias: Son también neutrales; pueden servir por igual a un propósito bueno o malo. En cambio los estudios llamados humanísticos -la filosofía, la historia, la literatura y las artes, entre otros- tienden a orientar nuestras acciones hacia un fin valioso, y ayudan en la solución de problemas relativos a la vida humana, que sí son muy difíciles, porque pueden tener muchas y muy variadas respuestas. La falta de cultura humanística lleva al hombre a un burdo pragmatismo utilitario que suprime toda valoración ética o moral. No digo que para ser bueno es necesario ser culto. Lejos de mí tan temeraria idea. Pero sí pienso que de la ignorancia derivan muchos males. El desconocimiento de las humanidades conduce muchas veces a la inhumanidad. La ausencia de asignaturas humanísticas en los programas escolares explica muchos males del mundo -y del país- de los cuales no me hago responsable. Yo ya di la receta. Con eso cumplo este día mi deber de orientar a la República. Si no atiende mi consejo, en su salud lo hallará.

Un mílite de alta graduación cortejó a una joven y guapa mujer que formaba parte también de la milicia. Le dio a entender que si cedía a sus instancias de libídine la ascendería de grado. Ella, que anhelaba con ardimiento subir en el escalafón, aceptó la salaz propuesta, y juntos fueron al departamento del cortejador. Ahí entró él en batalla sin siquiera explorar antes el campo, cosa muy desaconsejada tanto por la estrategia como por la táctica. En pleno trance lúbrico ella le preguntó a su superior, que se afanaba con denuedo de cadete en el rítmico in and out: “¿Y a qué grado me va usted a ascender, mi general?”. “A cabo primero” -respondió él entre jadeos acezantes. “¿Cabo primero? -se sorprende ella-. ¡Pero si ya soy capitán!”. “No, linda -aclara el superior sin alterar el compás de sus eróticos meneos-. Te estoy diciendo que primero acabo y luego te digo a qué grado te voy a ascender”. FIN.
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2