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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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04 Diciembre 2016 04:00:00
De acerote a zarandajo
Hace un par de domingos acudí como representante del Partido Acción Nacional a una de las Sesiones del Instituto Electoral de Coahuila y durante el desarrollo del único punto de la orden del día que contemplaba la misma, las cosas tomaron un rumbo medio raro, al grado de que la gran mayoría de los que intervenimos en el debate –y me incluyo con absoluta falta de vergüenza– acabamos por hablar en alguna de nuestras intervenciones de cosas completamente ajenas al asunto motivo del mismo.

Yo inicié mi intervención con una frase que tengo memorizada para dichas ocasiones, la cual reza: “Frecuentemente me cuestiono si la hermenéutica jurídica del Derecho Electoral trastrueca la peripatética anotrética de la filosofía aristotélica por la inicuidad fáctica de los diálogos socráticos no dogmáticos…”.

La frase obviamente no es mía, sino del ya fallecido Daniel Rabinovich, integrante del extraordinario grupo argentino Les Luthiers.

¿Y por qué inicié mi intervención ante tan honorable cuerpo colegiado con una frase absurda? Precisamente porque en ejercicio de mi derecho al uso del sarcasmo, viendo que se estaba llevando al cabo una discusión sin sentido, utilicé tal frase –que no dice absolutamente nada– para exhibir dicho debate falto de toda coherencia. Y eso no fue lo peor de todo, sino el hecho de que una representante –cuyo nombre prefiero omitir para no exhibirla–, supongo yo por afán de protagonismo y pretendiendo demostrar su “sapiencia”, con posterioridad a mi intervención dijo, palabras más, palabras menos ,“que ella había entendido perfectamente lo que ese abogado que gusta de utilizar palabras rebuscadas había dicho”.

Yo cerré mis intervenciones diciendo que el sarcasmo es una forma también de argumentar, y que obviamente todos los integrantes de la mesa, menos ella y otro compañero que acusó mi comentario, se habían dado cuenta de la utilización de dicho recurso argumentativo.

Para algunos el sarcasmo es ofensivo, incluso se considera como una variante fina e inteligente del insulto. Y bueno, enterado que estuvo otro amigo abogado de lo sucedido, me hizo llegar un libro muy interesante, cuya autora es doña María Pilar Montes de Oca Sicilia, la directora de la revista Algarabía; el título de sí lo hace antojable: Para insultar con propiedad.

Diccionario de insultos. Pongo a su consideración algunos de los muchos que el mismo contiene, precisamente para ser usados apropiadamente, y sin tanto rebuscamiento como lo hizo su servidor hace dos domingos:

Acerote: dicho de aquella persona holgazana o azotacalles.

Barjoleta: tonto, necio, mentecato.

Cartuchón: persona retrógrada.

Dominé: persona que se las da de maestro.

Escomendrijo: criatura ruin y desmedrada.

Fadrubado: estropeado, desconcertado o desencajado.

Gañín: hipócrita.

Heliogábalo: goloso.

Impepinable: persona que no admite discusión.

Jifero: sucio, soez, mala hablado.

Llamón: rajón, hablador, llorón.

Melón: bobo (aunque debo reconocer que en mi caso, lo uso como sucedáneo del recurrente güey).

Nango: tonto.

Ocotudo: mezquino, avaro, escaso.

Payador: persona que hace una exposición improvisada a fin de ocultar su ignorancia.

Quegua: cobarde, pusilánime.

Randa: ratero, granuja.

Safrisco: entrometido.

Tatarate: persona atontada o que actúa de manera alocada.

Uyuyuy: alguien que se cree mucho.

Vagaroso: lento o torpe.

Xmaoficio: dicho de una persona que suele perder el tiempo.

Yayero: entrometido.

Zarandajo: persona despreciable.
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