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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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22 Noviembre 2017 04:00:00
De la violación al suicidio sólo hay un paso
Hace unos días, en Piedras Negras, una niña de 13 años intentó quitarse la vida porque abusaron de ella. Cuando su madre acudió a la Fiscalía General del Estado para hacer su declaración, dijo que por la noche del miércoles ella salió de su casa y al regresar su hija le dijo que ya no quería vivir. La tomó en serio y la trasladó al hospital del Seguro Social para recibir apoyo. La señora actuó de manera adecuada al buscar con celeridad ayuda profesional y así salvó la vida de su hija.

Si queremos comprender este caso, utilizaremos la clasificación de Durkheim, porque las motivaciones de la niña fueron externas. Este es un caso frustrado de suicidio anómico, porque el equilibrio interno de la jovencita sufrió tal traumatismo al sufrir el abuso, que sintió desintegrarse su mundo, sus lazos de convivencia y sus expectativas de futuro.

Y es que una violación provoca una sensación de pérdida tan profunda, que una mente joven e inmadura tiene pocas armas para resistirla. En este caso, lo relevante es un golpe tan severo a la autoestima que la niña prefirió no enfrentarlo.

Una violación siempre implica un abuso de poder de tal manera que la víctima pierde el respeto por sí misma, se desintegra su valoración interna y terminan sus ganas de vivir. De ahí a la idea de suicidio solo hay un paso. Debemos notar que el problema real no es el intento de suicidio, que es el efecto, sino la violación, que es la causa precipitante.

La violación es un grave problema en México. En lo que va de este año se han presentado un promedio de 100 denuncias por delitos sexuales cada día, según estadísticas del Sistema Nacional de Seguridad Pública,  lo que representa un caso cada 16 minutos en promedio, es decir, una denuncia cada 40 minutos.

Tal vez sean las condiciones sociales difíciles en que se desarrolla el país, pero es necesario tomar en serio las causas y consecuencias del fenómeno del abuso sexual y de la tendencia a ser permisivo con los infractores, porque de la violación al feminicidio sólo hay un paso. Y la permisividad está en la esencia de una sociedad patriarcal que se niega a cambiar, en donde (al decir de Rita Segato, en un libro esencial que tituló La guerra contra las mujeres) violaciones y femicidios son una problemática que trasciende a los géneros para convertirse en la expresión de una sociedad que necesita de una “pedagogía de la crueldad” para destruir y anular la compasión, la empatía, los vínculos y el arraigo local y comunitario, como base de su control.

Y si a usted le parece difícil de creer en la existencia de esa pedagogía de la crueldad que alecciona y domina, le recuerdo las declaraciones recientes para Canal 44 del cardenal Juan Sandoval Íñiguez, obispo emérito de Guadalajara refiriéndose a que el alarmante incremento de los feminicidios en el país se debe atribuir a la “imprudencia de las mujeres”. Dijo: “De parte de la mujer puede haber cuando menos imprudencia. Con cualquiera que sale por ahí bien vestido, se comprometen, se enganchan”.

El problema de la violencia de género no es característico de hombres, de mujeres o de cardenales. Es parte de un conflicto social que precariza a los varones y les disminuye su masculinidad, a la que están obligados en una sociedad patriarcal que se basa en el dominio del macho.

No es (dice Rita Segato) que el hombre se volvió impotente porque las mujeres se potencian, sino que se volvió impotente porque la vida se volvió precaria y los deja impotentes, golpeando una estructura de masculinidad que deben reafirmar con el poder que otorga el abuso sexual y fundamentalmente la violación. Para que esta empodere, debe darse a conocer, ya sea haciéndose en colectivo o informándose como hazaña, haciendo la narrativa épica de la masculinidad recobrada.

Si esto es cierto, resultará que la violación en la mayoría de los casos no es un acto psicopático, sino normal y, por tanto, entendido como parte de la cultura de la masculinidad, dándole un peligroso marco de “normalidad”, de costumbre, que le quita su estatuto de delito y lo vuelve cotidiano, familiar.

Las miles de violaciones domésticas que no se denuncian porque nadie les daría importancia (“Mujer te doy…”) y no pueden transformarse en delito legal, porque el mismo legislador la trivializa, hacen difícil identificar el crimen cuando aparece el cadáver. Por eso la denuncia es, al hacer visible el hecho, la primera vía de combate de un delito que no se quiere ver, porque nos involucra a todos.
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