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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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13 Junio 2018 04:08:00
De las armas al poder
Dilma Rousseff fue guerrillera antes de ocupar la presidencia de Brasil, (2011-2016) a los 64 años. Militó en la Organización Revolucionaria Marxista Política Obrera y en el Comando de Liberación Nacional (Colina), de extrema izquierda. Desde esa trinchera combatió la dictadura militar instaurada tras el golpe de estado de 1964, con el apoyo de Estados Unidos, para sustituirla por un régimen comunista similar al de Cuba. Colina utilizó la violencia como forma de propaganda y para financiar sus operaciones. Tras ser detenida y torturada por un tribunal militar en 1970, Rousseff pasó tres años en prisión.

Una vez reincorporada a la vida civil, la exguerrillera obtuvo el título de economista en 1977, todavía bajo la dictadura. En 2001 se afilió al Partido de los Trabajadores, y en el gobierno de Lula da Silva fungió como secretaria de Minas y Energía y Jefa de Gabinete. En 2009, se convirtió en la primera presidenta de Brasil y cinco años después resultó electa para un segundo periodo.

Sin embargo, el Senado la destituyó el 31 de agosto de 2016 al declararla culpable por los delitos de “maquillaje de las cuentas fiscales” y la firma de decretos económicos sin la aprobación del Congreso. Rousseff había enfrentado los escándalos de corrupción en su gobierno. Destituyó a ministros y funcionarios de alto rango, pero ni así se salvó.

José Mujica, el popular expresidente de Uruguay (2010-2015), perteneció al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN-T). Entre detenciones y fugas, acumuló tres lustros en prisión durante la dictadura cívico-militar; la reclusión más larga duró 13 años. Reinstaurada la democracia, en 1985, una amnistía de delitos políticos, comunes y militares lo puso en la libertad. Junto con otros exlíderes del MLN-T, fundó el Movimiento de Participación Popular y se unió a la coalición Frente Amplio. Fue diputado, senador y ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca. En 2010 ganó la presidencia.

Entrevistado por Elías Camhaji para la revista Foreing Affairs Latinoamérica sobre la entonces reciente desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero, el líder uruguayo retrató a México: “se trata de una especie de estado fallido, (...) los poderes públicos están perdidos, totalmente fuera de control, están carcomidos. (...) Esto es posible por una gigantesca corrupción. La corrupción se ha establecido como una tácita costumbre social. Seguramente, el corrupto no está mal visto, es un triunfador, es un señor espléndido” (14-11-14). La Secretaría de Relaciones Exteriores negó los señalamientos y Mujica se retractó, pero eso no borró la realidad.

Sin embargo, no todos quienes han empuñado las armas para cambiar de régimen se convirtieron en demócratas. En Nicaragua, Daniel Ortega sigue los pasos de los Castro en Cuba. El líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional, coalición político militar que en 1979 derrocó la dictadura de Anastasio Somoza y ahora es partido, se eternizó en el poder. Después de su primer mandato —iniciado en 1985— ha sido reelecto tres veces en forma consecutiva; la última, en 2016. Su esposa, Rosario Murillo, es vicepresidencia. Somoza fue presidente 10 años, si Ortega termina el actual periodo, completará 20.

El sátrapa nicaragüense ha recurrido a la violencia para mantenerse en el poder. La represión contra las protestas por la reforma al sistema pensionario, promulgada el 18 de abril pasado, ha provocado 146 muertes y casi un millar de heridos.
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