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Federico Muller
Federico Muller
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28 Octubre 2016 03:00:00
¡De lo rural a lo urbano!
A partir de 2016, la nueva senda de desarrollo que seguirá la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en el mediano plazo (2030) se centrará en alcanzar 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que se formulan para tratar de atender las necesidades más sentidas de la población mundial en las áreas económica, social y medioambiental. Para su cumplimiento involucrará la participación de todas las naciones que forman parte de esa organización.

Uno de los objetivos de desarrollo sostenible, el número 11, dice textualmente: “Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles”. Es muy probable que este se haya colocado en la agenda de desarrollo 2030 de la ONU por el cambio vertiginoso que se está dando en el patrón demográfico y de consumo a escala planetaria.

La urbanización de la población y cambios en la dinámica demográfica. Primero fue el éxodo de la población rural a las ciudades, para posteriormente migrar a localidades mayores de un millón de habitantes. En 1950, en el planeta existían 77 poblaciones mayores a un millón de habitantes, en 2015 esa cifra se incrementó a 501 ciudades. Además, las megaciudades, asentamientos de más de 10 millones de personas pasaron de 2 a 29 en el mismo periodo. Y en el futuro cercano, la tendencia apunta a que continuará la formación de más megaciudades y ciudades millonarias.

Además de la transición campo-ciudad, aparece otro rasgo demográfico: el envejecimiento de la población mundial. En el pasado, el grupo etario que dominó la pirámide poblacional fue el de los jóvenes menores de 20 años, y tiempo después surgieron las sociedades de adultos jóvenes, cuyo rango de edad osciló entre los 20 y 39 años. Antes de pasar a las sociedades envejecidas mayores de 60 años como todas las proyecciones demográficas lo indican, nos encontramos con agrupaciones en donde predomina la población adulta de entre 40 y 59 años.

Patrones de consumo. Como es de suponerse, las modificaciones en la estructura de edades, atribuidas a la baja tasa de fecundidad y alta longevidad, tienen efectos inmediatos en el patrón de consumo y el crecimiento económico de los países del orbe. La canasta básica de consumo de los viejos se sesga hacia productos muy diferentes a los que consumen los jóvenes: se gasta más en medicamentos y cuidados en la salud y se deja de participar en los mercados productivos apelando a la solidaridad intergeneracional para el sostenimiento de las pensiones y jubilaciones. La población en edad de trabajar ocupada no solamente financia, mediante transferencias de ingresos y pago de impuestos, a la pirámide  poblacional envejecida, sino también a los niños y adolescentes. Y para complementar el lúgubre  panorama demográfico y económico, las nuevas tecnologías están destruyendo empleos tradicionales, ocupados, generalmente, por personas con un nivel de escolaridad relativamente bajo.

Destrucción creativa de empleos. Las nuevas teorías sobre desarrollo sostenible están retomando los postulados del economista austriaco J. A. Shumpeter (1883-1950), quien hablaba de la destrucción creativa de los empleos, en el sentido de la creación de fuentes de trabajo que suplan las “obsoletas” o de baja productividad laboral, pero para ello se requiere de capacitación y habilidades técnicas de los que van a ocupar los nuevos puestos.

Los ODS pretenden un equilibrio, quizá idílicamente, entre los países expulsores de población y aquellos que las reciben. Si son oleadas de migrantes jóvenes renuevan las estructuras de los mercados de trabajo en los países industrializados, no obstante, es imprescindible también generar trabajo en las naciones pobres que abandonan los migrantes.
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