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03 Mayo 2015 03:30:00
De mujeres, parteras y centeno…
Por Julia Bazán

Los orígenes de la ginecología y de la obstetricia se pueden rastrear hasta los griegos y los romanos, cuyos tratados hablaban de la mujer y de su anatomía, aunque con una visión totalmente masculina y característica de sus tiempos. Tales son los casos de Galeno, Sorano de Efeso e Hipócrates.
Sin embargo, poco nos acordamos de aquello que ha rodeado a los padecimientos femeninos a través de siglos de tradición empírica, como la labor de las parteras, las prácticas para evitar la concepción, las creencias alrededor de la maternidad –la mayor parte de las veces erróneas–, y las fiebres puerperales1 o las infecciones, como la sífilis y la gonorrea. Todo ello engloba la visión en la que profundiza Norma Blázquez: “[Las mujeres, consideradas brujas] eran parteras, alquimistas, perfumistas, nodrizas o cocineras que tenían conocimiento en campos como la anatomía, la botánica, la sexualidad, el amor o la reproducción”. Y de esto hay mucho que decir, pero con unos datos basta:
- En el siglo 4 a.C., Platón afirmaba que el “llamado vientre o matriz” era una animal deseoso de procrear hijos y que, cuando no lo hacía, se enojaba y vagaba por todo el cuerpo.
- Aristóteles afirmaba, en su “Tratado de la Reproducción”, que la mujer era anatómicamente “como un varón deforme”, y creía que la menstruación era “semen en estado impuro” que carecía de un constituyente: el principio del alma.
- En el siglo 2, Galeno sostenía que la mujer era un “hombre al revés” y que los ovarios eran testículos imperfectos.
- En el siglo 16, la sífilis, que se había propagado desde Italia hasta el norte de Europa, era considerada por algunas autoridades eclesiásticas –y por los hombres– como una enfermedad que sólo portaban las mujeres.
- En ese mismo siglo, no menstruar significaba tener un útero enfermo, y se creía que esto se debía a que estaba ahogado en algo así como “excremento femenino”.
- En el siglo 18 –y todavía en el 19–, el principal peligro del parto entre las mujeres campesinas en los pueblos franceses e ingleses eran las laceraciones en la vagina, que se producían debido a que ésta era incapaz de dilatarse gradualmente para acomodar la cabeza del niño, lo que podía provocar desgarramientos y, como consecuencia, infecciones.
- Para salvar a una mujer en los partos complicados, y antes de que sufriera daños mayores, el niño era sacrificado. Si no había un barbero cirujano en el pueblo, la partera empleaba ganchos y martillos para aplastar el cráneo del bebé. Si la madre moría antes de ese procedimiento, la costumbre dictaba que se le abriera el abdomen y se le retirara al niño, y ésa fue la “incisión cesárea original”.
- Un parto prolongado –que durara más de 24 horas– podía causar la muerte, ya fuera por deshidratación, cansancio, fallos cardiacos o desgarramientos y hemorragias internas.
- Los estudios demográficos señalan una disminución de la natalidad a finales del siglo 19, entre otras cosas porque en 1880 el condón ya podía comprarse, aunque sólo por las clases altas. En 1890, las revistas femeninas anunciaban dispositivos para evitar la concepción y otros métodos para interrumpir el embarazo.
- En esa época, se redujo el tamaño de la familia sin que se hubieran distribuido nuevos métodos anticonceptivos a gran escala. Las parejas recurrían a la abstinencia, al coitus interruptus y, si era necesario, al aborto.
- Ya entrado el siglo 20, las mujeres todavía intentaban controlar su fecundidad con remedios tradicionales, como prolongar la lactancia durante mucho tiempo.

1 Infección desencadenada en el posparto o en los abortos, tanto espontáneos como provocados, debido al desconocimiento de la asepsia.
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