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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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01 Enero 2017 04:00:00
De pronto salimos del sueño
Sólo venimos a soñar –no es cierto, no es cierto– que venimos a vivir sobre la tierra.

Con la desalentada filosofía del rey poeta Nezahualcóyotl y reflexiones en torno a la fugacidad de la vida que a su hora han formulado poetas de la hondura y conceptos filosóficos de Omar Khayyam y Manrique, aquí entrego a todos ustedes, como cada fin de año por estos días, este mensaje de fin de año que procura interrumpirles el ritmo desalado de las fiestas decembrinas, con la secreta esperanza de que a alguno aproveche la meditación de lo efímero de ese placer dentro de la fugacidad de una vida que se nos huye para nunca más. El poeta Khayyam:

Y si es Dios quien nos ha creado, ¿por qué luego destruye lo que hicieron sus manos? Job, abatido: Tus manos me hicieron, ¿y luego te vuelves y me deshaces? Como a barro me formaste, ¿y en polvo me has de volver?

El cuerpo todavía fatigado tras la celebración navideña y el gaznate aún estragado por el regusto a festividad y derroches, y una vez que a regocijos y alegría embotellada se habrán deseado felicidades y parabienes para el año que acecha ahí nomás, ¿me permiten que desentone del ánimo colectivo y los invite a frenarse el tanto de un suspirillo para reflexionar sobre el tiempo que pasa para nunca más?

Corto de días, hastiado de sinsabores, el hombre sale como una flor y es cortado, y huye como la sombra y no permanece.

Mis valedores: estamos a la vuelta de un año más, que en las matemáticas de la vida resulta que fue uno menos. Dejamos atrás, dos o tres de nosotros, el Mar de las Tormentas y doblamos el Cabo de Buena Esperanza. Será por eso que al menos de forma inconsciente alienta en el cogollo de nuestro tiempo de vida la sentencia intemporal de Manrique: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”.

¿El porqué de mi humor ceniciento, cuando todo en derredor son júbilos, azucarillos y aguardiente? El ánimo se me quebranta y resfría por la certidumbre de que vivo en el cogollo de lo fugaz, lo finito, lo perecedero; de que existo en la sustancia de mi muerte propia y particular, a la que vivo alimentando día a día con el tiempo del cotidiano existir. Será por eso.

Y mis días fueron más veloces que la lanzadera del tejedor y fenecieron sin esperanza.

Si yo nunca muriera, si nunca desapareciera.

¿No es verdad que tal sentimiento de lo transitorio, que semejante sensación de errabundaje y romería viene a depositar en el ánima del ánima, al cabo del año, un regustillo así como que a ceniza, a terral, a aliento de despedida apenas postergada? Y qué hacer con esta tristura que se nos aposenta aquí, miren, en lo más blando de la corazonada, por cuestión de este otro año que se nos ha ido para nunca más. Porque miro a ustedes correr a lo desalado rumbo a ninguna parte, hoy para ustedes invoqué la voz de algunos filósofos que, de repente, perciben el aletazo del tiempo que huye para nunca más retornar, voz que es sabiduría quintaesenciada que provoca serenidad y quebrando machihembrados, y un como regusto a lejanía y desprendimiento del ánimo al final de un año más, que fue un año menos. Mis valedores:

Es más tarde de lo que suponemos. A vivir. Qué más. Qué mejor. (Vivan.)
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