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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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22 Junio 2018 04:00:00
De Rusia con amor
Fuimos amantes poco más de dos meses. Llegaba a mi casa los fines de semana. La madrugada del sábado tocaba el timbre. A veces caía rendida en un sueño profundo hasta el mediodía del domingo o venía con una hiperactividad que no controlaba ni los cigarros ni el alcohol. Nos amábamos en silencio y sin rituales.

Era rusa, de Siberia, tenía dos años en México. Su sueño había sido ser bailarina clásica, pero la Perestroika le frustró el destino. Cuando le pregunté quién la había traído a México, me dijo que fue la mafia rusa. Un chico de veintitantos años con conexiones por todo el mundo, a quien le seguía pasando una mensualidad bajo amenaza de muerte sobre su madre y su hijo que había dejado en Siberia.

La conocí en el table dance donde bailaba. Ese día acompañé a Beto Gómez a hacer un casting para su siguiente película. Fue deseo a primera vista. Al final de la noche ella decidió irse conmigo. Antes de llegar a mi casa pasamos a un OXXO por cervezas y cigarros, cuando quise pagar me dijo, “soy rusa, no latina”. Lo mismo me dijo al descubrir que su cuerpo no había pasado por el bisturí, a pesar de su pequeño busto.

Vivía en viejo edificio de la Zona Rosa. El inmueble estaba poblado por 40 bailarinas de Hungría, Rumania, Venezuela y Argentina. En la puerta, sentado en un huacal, siempre había un gordo que atisbaba a qué auto se subían las chicas. En un cuaderno de primaria apuntaba la hora de salida y las placas del coche.

Nuestras salidas eran al cine o a cenar. Ella ganaba lo suficiente para usar sólo ropa de diseñador, perfumes de colección. Para ir cada sábado a la cama de bronceado, lo que le hacía más náufragos sus ojos azules, más deslumbrante su cabello rubio. Pero ni siquiera el exceso de rayos UVA disimulaban el contraste de su piel siberiana cuando le echaba encima la oscuridad de mi peso.

Un domingo que fuimos a la ópera a Bellas Artes, salió con el cabello planchado y vestido rojo, largo hasta los tobillos. Aunque no lloró como Julia Roberts, en Pretty Woman, yo sí me sentí Richard Gere caminado de su mano por la Alameda como si fuera Central Park. Esa noche me contó, “las que trabajamos en esto es porque no sabemos hacer otra cosa, y tenemos por lo menos un hijo que mantener. Ganamos mucho dinero, pero hay que saberlo administrar, porque la competencia es tremenda. Mis enemigos no son los clientes, sino mis compañeras”.

Continuó relatándome la Perestroika, el frío que pasaban por los prolongados cortes de luz, ver cómo bajaba el termómetro de su casa a 40 grados bajo cero. “A Siberia dejó de llegar el subsidio de Moscú. Viejos y niños comenzaron a morir de frío. Fueron años horribles. Si pudieras escuchar el rasgar del viento en mitad de la Tundra Siberiana”, me decía, “también preferirías la música, los aplausos, gritos y manoseo de los hombres que cada noche pagan por verme bailar”.

Dos semanas después supe su verdadero nombre. Ella decía que se lo cambiaba cada semana por seguridad. Fuimos amantes casi tres meses y la última noche que pasamos juntos, faltando al primer principio de su oficio me lo dijo mientras me besaba: Ludmila.
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