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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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10 Marzo 2018 04:00:00
De todo corazón
Póngase cómodo, respire profundo, centre su atención en el corazón; siéntalo, sonría levemente, sólo levantando ligeramente las comisuras de la boca, cierre los ojos y permanezca así unos minutos, suficientes para sentirse en paz. Ahora llene su corazón, agrándelo, con un sentimiento profundo: amor o gratitud, y después bombee este a todo el cuerpo. Quédese disfrutando la sensación el mayor tiempo posible.

Con esto, usted acaba de hacer dos cosas fundamentales para vivir con plenitud: conectarse con su corazón, la puerta del alma, y llevar salud a cada célula de su cuerpo.

Si se hace esto diario, la inteligencia del corazón toma las riendas de la vida y todo cambia. Se descubre que aquello que realmente necesitamos y deseamos ha estado ahí siempre: seguridad, paz, alegría, amor, confianza y certezas profundas, libres de todo miedo.

Nada daña más al corazón que el miedo, porque es libre por naturaleza de él. El corazón es completamente inocente, sin las memorias dolorosas de las cuales extraemos el miedo con pensamientos aciagos.

Y aun así el corazón piensa, como pensaría un ángel, a través del amor, como un estado de conciencia más que como un sentimiento. Entregarle al corazón humano el control es lo único que puede salvar al mundo de lo que nuestro egoísmo está haciendo con él.

El corazón humano es la verdadera conciencia colectiva, que se sabe a sí misma existente y evolutiva, capaz de transformar y trascender. Del otro lado, la inconciencia colectiva destruye todo cuanto toca con la facilidad y la crueldad que lo haría un demonio.

El hombre ha creado los arquetipos de lo angélico y lo demoniaco para conocerse a sí mismo, para conectar el reino de la mente con el reino del corazón y reequilibrar la creación.

No se trata de ir por ahí a corazón abierto para que nos lastimen. No. La función del ego, el raciocinio y la lógica es justamente proteger esa fragilidad que nos hace hijos de Dios.

No hay nada más poderoso que el corazón humano. En él está arraigada la verdad. La mente, en cuanto pensamiento, es en cambio la gran ilusionista.

El corazón genera un campo electromagnético que se extiende hasta cuatro metros alrededor de nuestro cuerpo, y que es caótico cuando tenemos emociones negativas, o armónico cuando son positivas. Así es como, en primera instancia, para bien o para mal, afectamos a los demás: electromagnéticamente.

El corazón está compuesto en su mayoría por neuronas, de manera que genera hormonas que producen bienestar, como la que asegura el equilibrio general u homeostasis, e inhibe las que causan estrés, en especial el cortisol.

He aquí las explicaciones científicas de lo que cada ser humano sabe por experiencia acerca de la inteligencia y el lenguaje de su corazón. Por algo frases como “lo sé en el fondo de mi corazón”.

Sólo quien vive muerto de miedo puede negar que el corazón es más inteligente que el cerebro. Pero aunque la mayoría sepamos la verdad, acostumbramos vivir desconectados de nuestro corazón, con la puerta del alma bien cerrada, a candado si es preciso. Por miedo a que algo nos vuelva a doler, en realidad perpetuamos el dolor, encapsulado, y vivimos sintiendo poquito, a base de emociones de baja vibración, como la envidia, la ira, el resentimiento. Esas son manejables y cosa del ego, que se vale del raciocinio para justificarlas y reproducirlas.

En cambio, sentir profundo asusta, porque nos lleva a lugares interiores desconocidos, a dimensiones en las que debemos soltar todo control. Pero los sentimientos profundos, igual que el músculo del corazón, pueden ejercitarse y por tanto fortalecerlo. De eso se trata el crecimiento, la evolución: aprender a sentirnos bien desde el corazón, para conectarnos con todo el bien que existe.

El camino es eterno, pero luminoso y, tan fácil en realidad como conectarnos todos los días un rato con nuestro corazón.
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