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Vicente Bello
Vicente Bello
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26 Julio 2018 04:00:00
Debe AMLO propiciar el robustecimiento del Congreso
Al Congreso de la Unión todo le sale bien cuando se trata de no hacerle el mínimo contrapeso al presidente Enrique Peña Nieto, a quien, prácticamente en las postrimerías de su mandato, siguen priístas y panistas de necios en no tocarlo ni con el pétalo de una rosa.

La sesión de la Comisión Permanente de ayer, 25 de julio, era de una oportunidad singular para abordar en tribuna la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, desaparecidos hace exactamente 46 meses, el 26 de septiembre de 2014, en Iguala, Guerrero.

En su sesionar de este miércoles, la Permanente se puso a bordar sólo las costuras periféricas y anodinas que suele costurar el Congreso cuando únicamente hace presentación de iniciativas, presentación de puntos de acuerdo y aprobación de algunos exhortos, cuya gran mayoría terminan transfigurados en una suerte de llamadas a misa, porque los destinatarios no están obligados a acatarlos.

De hecho, los puntos de acuerdo son muestra inobjetable de que allí la función de contrapeso constitucional no lo es realmente, sino una mera simulación de control político, que en una legislatura como la que comenzará a partir del 1 de septiembre, deberían corregir con una reforma constitucional de diversos artículos y de la Ley Orgánica del Congreso General, así como de sus dos reglamentos
camarales.

Una reforma que haga posible que los puntos de acuerdo no se conviertan en un exhorto, sino en un mandato, so pena de que, en caso de no acatarlo o cumplirlo, el funcionario destinatario sea sometido a la renuncia inmediata de su puesto.

Ciertamente, a partir del próximo sexenio, los destinatarios de los exhortos que vayan a emitir ambas cámaras, no serán otros que gente del nuevo gobierno, que aspira y promete desde ahora en convertirse en basamento de un nuevo régimen político, donde la simulación no quepa.

Si se lograse en una reforma constitucional cambiar de exhortos a mandatos, entonces sería posible que el Congreso de la Unión se fortaleciera.

Tendría que alentarlo el nuevo régimen, a sabiendas de que la oposición no será otra que lo que quedó del PRI, PAN y PRD, los partidos políticos más traidores a la patria, entreguistas y sucios que haya tenido el Estado mexicano en toda su historia.

Precisamente esta tríada partidista se ayuntó durante el sexenio que todavía no acaba, de Peña Nieto, para entregar a extranjeros bienes y recursos fundamentales y estratégicos como el petróleo. Y ahora esos tres -convertidos en oposición por la fuerza de 30 millones de personas, que con sus votos los han desjarretado al grado de casi dejarlos para el arrastre, se erigirán en los opositores a este nuevo régimen que ha prometido el ahora casi presidente electo Andrés Manuel López Obrador.

Por estas fechas en que los diputados federales y senadores electos han comenzado a apersonarse en las cámaras, una buena idea sería que comenzasen a reunirse para hablar sobre la necesidad que tiene la República de erigir un nuevo Congreso General, que ahora sí hiciera honor a su función de contrapeso constitucional.

Sin embargo, hay que decirlo, será bastante difícil que este Congreso vaya a hacer contrapeso de López Obrador, por la simple y sencilla razón de que los más de 30 millones de mexicanos que votaron por él también votaron por sus diputados y senadores. Y, por lo tanto, el pueblo de México le ha otorgado al que será el próximo presidente de México tantas diputaciones y tantas senadurías de su lado que tendrá en los territorios del Congreso de la Unión un terraplén ancho y plano para –si cumple su palabra- cambiar al régimen desde sus estructuras jurídicas.

¿Y qué es cambiar las estructuras jurídicas? Un nuevo régimen, como el que ha prometido Andrés Manuel López Obrador, rigurosamente deberá abocarse a enviar al Congreso iniciativas de reformas constitucionales y secundarias que encaminadas estén a desmontar el andamiaje jurídico que fueron construyendo los gobiernos priístas y panistas, a lo largo de esos 37 años en que el país se sumió en lo que hoy se conoce como sistema neoliberal, en el cual los jodidos se hacen más jodidos y los ricos se hacen más
ricos y gandayas.

Como nunca antes en la historia nacional, la Constitución en estos años –de 1982 a la fecha- quedó convertida en un instrumento para el dominio de la población.

Todas las leyes reformadas en este lapso infausto de la historia de México fueron construidas para el apuntalamiento de ese sistema perverso del neoliberalismo, un sistema que prohijó el corrompimiento y la pudrición a ultranza de la clase política, que lo mismo utilizaba el PRI que el PAN para mantenerse enquistado en la presidencia de la República, el cuarto de máquinas todos estos años de ese sistema económico conocido en el mundo como sistema neoliberal.

El gran éxito de López Obrador en su campaña electoral fue haber colocado en el mismo costal al PRI y al PAN, y hacer que la gente despertara de su gran letargo cívico para percatarse que en realidad estas dos siglas venían siendo utilizadas por un grupo de gente poderosísima en México que había fusionado al poder público con el poder privado. Y que su gran capitán seguía siendo uno de los que lo importaron en 1982: Carlos Salinas de Gortari.

Los que vienen, deben considerar el robustecimiento del Congreso mexicano, incluso cuando ellos serían los aparentemente afectados porque serán el partido en el gobierno. Sería una decisión que llevaría a un nuevo estadio de desarrollo a la democracia mexicana.
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