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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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14 Enero 2017 04:07:00
Del arrabal
El hospital de barriada, mis valedores. ¿Habrá en este mundo soledad más aplastante que la del camastro de ese hospital? Fue ayer tarde, ya al pardear. Erraba yo por los corredores del sanatorio de mala muerte, tufos de morgue y desinfectante, cuando rematé frente a aquel catre: en posición fetal se enroscaba aquel desdichado de pálida cuera y pupila ausente. A riesgo de que mi buena intención se malinterpretase: “¿Puedo serle de alguna utilidad? Traerle algo de estanquillo, llamar por teléfono a su familia”.

Mutismo. Ausente del mundo, el enfermo siguió con las pupilas fijas en la pared. Ah, la medida de la humana soledad.

–¿Acepta que le haga compañía unos minutos? O si prefiere estar solo.

Silencio. Ya abandonaba el cubículo. “Siéntese, pues”.

La silla, reflejo del hospital: una pata, quebrada; torcida otra más, y asiento y respaldo ya en fase terminal (hemorroides, vértebras torcidas). Seguí de pie. “¿Muy dolorosa la intervención quirúrgica? Lo noto alicaído”.

–Y cómo fregaos no; yo nací perdidoso, sin estrella y estrellado, cargando encima la mala suerte, el mal fario, la salación. –Un suspirillo.

Pensé: ¿sida, tal vez? ¿Cáncer? O quizá la amantísima lo acaba de abandonar. La muerte en vida lo llevaría a atentar contra el remedo de vida que vivió después. Lo vi removerse.

–Porque yo, cuando sano, enfermo; cuando enfermo, grave. Si me agravo, muerto estoy. Así me verá: solo y mi alma. Un apestado. Ah, mi destino.

Afuera, ulular de trenes que a bramidos nos dicen adiós. ¿Trenes? ¿Cuáles? ¿No serán patrullas que olieron la carne humana? ¿Ambulancias enloquecidas que, parturientas, intentan dar a luz, (a sombra) su cargazón de dolor y muerte?

–No dejo enfriar este catre. Me le voy un tiempo y sigue tibio de mis humores cuando regreso.

El gargajoso clamor del ánima arrabalera, tufaradas de alcohol, desde la calle entra a empellones en la canción del flagelado: “De qué me sirve la vida”.

–La Navidad aquí me la pasé, vuelto un santo cristo por cuestión de la pastorela. Como a mí me tocó ser Luzbel. Una costilla hecha garras, que la espada del Miguel me la dejó flotante.

Y que familia, ninguna, y que por capotear la soledad y sentir la compañía humana se ofrece para participar en cualquier acto público. “Yo, de ofrecido. La Semana Santa participé en la pasión de Iztapalapa. Judas, Todavía traigo la señal de la reata troquelada en el pescuezo, mírela.

Quebranto, tribulación, amargura. “Un centurión romano de falda tableada y sandalias se me dejó venir por derecho y mire”. (Molacho.)

Que aceptó actuar en La Batalla del 5 de Mayo. “Pero no me la dieron de Zaragoza. De Juárez, ya de perdida. No. De Saligny. Un zacapoaxtla en brama de patriotismo, nacionalismo y tlachicotón, me sorrajó un puntazo de mosquetón que me desacabaló el par. Mi mala suerte, el mal fario, la salación. Primero Luzbel, después Judas, zuavo, y ahora.

–Entiendo su preocupación.

Qué va a entenderla.  Mire la nueva invitación. Pa consejero de Videgaray. Aconsejarlo pa torear a Trump. ¿Quién cree que se va a llevar las cornadas?

Yo, el escalofrío. “Rechazó la invitación,  supongo”.

–Supone mal. En qué estaría yo pensando.

–Pero usted qué sabe del tema.

–Tanto como Videgaray.

–¿Calcula lo que va usted a perder?

–Claro, el que me queda vivo del parecito.

Pero frente a Trump lo que va a perder México.

¿Frente a ése? Va a perder el par.


Mordió la almohada. Lo oí sollozar. Yo me la persigné. (Qué más.)
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