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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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07 Mayo 2017 04:00:00
Delirio por las letras
Para mis fieles lectores ha sido tema recurrente en esta su sibarítica columna mi amor por los libros, un amor genuino, nacido desde mi infancia, consecuencia –como lo conté en una de mis primeras entregas y que ahora les recreo nuevamente– de un incidente en aquel entonces, no sé si llamarlo triste, como lo fue el que un compañero de escuela pretendiera molestarme –hoy se le dice bulear– exhibiendo según él mi pobreza, que en realidad tampoco lo era, pero que comparado con las posibilidades económicas de los padres de ese compañero, al menos sí resultaban contrastantes con las de mi familia.

Luego, al reclamarle a mi padre el que no fuéramos ricos, económicamente hablando, me dio quizá la más provechosa e impactante lección de vida, que sin duda me marcó en todos los sentidos, pero sobre todo generó esa adicción a los libros cuando me dijo: “¿Quieres ser verdaderamente rico, José? ¿Quieres ser inmensamente rico? ¿Quieres ser tan rico que mientras más rico seas, más deseo tendrás de seguir acumulando riqueza y además esa riqueza NADIE tendrá oportunidad de robártela de ningún modo? ¿Quieres ser tan rico que esa riqueza te provea además de otros tipos de riqueza? Es más, ¿quieres ser tan rico que aun cuando gastes tu riqueza, esta, en vez de agotarse, se multiplique?”. Por lo que al responderle yo que sí a todo, terminó poniendo un par de libros en mis manos diciendo: lee.

Por eso, la semana pasada, honrando aquella lección de mi padre, me encaminé con uno de mis hijos a la Feria del Libro, que dicen es de Arteaga, pero que todos sabemos que quien la nutre es Saltillo, cuando además sus primeros orígenes, esfuerzos y consolidación se dieron en nuestra amada capital; de hecho, autores, expendedores, participantes, todos la reconocen como la Feria del Libro de Saltillo.

Y ya enrutado en el maravilloso universo de los libros y las letras recorrí uno por uno todos los stands, no sólo de libros, sino de las muchas otras cosas que hay, como lo es la zona reservada para artesanías y algo de comida. Ir a la Fiesta de las Letras y no tomarse un café con los buenos amigos colombianos, que además preparan unas deliciosas arepas y acompañarla con un té frío de coca y limonada, es como no haber ido. Sobre todo el café, ¡qué café! Fuerte, caliente, con cuerpo, y además proveedor de la energía suficiente, no sólo para despertarlo a uno, sino para recorrer con amor y paciencia cada uno de los puestos.

Debo reconocer que mi buen hermanito Julián Herbert tiene razón cuando dice que en Saltillo nos quejamos de todo, cuando afirma además que en medio México se dan contra la pared por no tener un programa como el de nuestra Feria del Libro, donde lo principal no es propiamente lo obvio, la venta de libros, sino lo que se da en torno a la misma, particularmente la asistencia de connotados autores para interactuar con el público; y la consabida presentación de libros, muchos de los cuales ni nos enteraríamos de que existen si no fuera por la propia feria, incluso de autores saltillenses y para los saltillenses, como lo fue el de don Javier Villarreal Lozano: ¡Ay Saltillo!, si tus Calles Hablaran”, el cual por cierto traigo pendiente mercarlo para mi biblioteca.

Una de las mejores cosas que me pasó fue la plática que de manera casual sostuvimos Rodolfo Gutiérrez Aguilar, secretario privado de nuestro secretario de Educación en uno de los pasillos, donde entre críticas mías, por supuesto todas constructivas, a la propia organización de esta que ahora corrió por cuenta de las secretarías de Cultura y de la que él forma parte, de Gobierno del Estado, y anécdotas en torno a eventos vividos por los dos del mismo tipo, es decir, visitas a otras ferias del libro; habiendo ambos concluido que quien gane la Gubernatura este año –yo estoy seguro que será Memo Anaya– deberá no sólo mantenerla, sino además proyectarla a niveles internaciones, como sucede con la del Palacio de Minería de la Ciudad de México o, ¿por qué no?, la de Guadalajara, que es a donde deberíamos todos dirigir nuestros ojos como meta, dado que los mismos deberían transitar más allá de los colores y las preferencias electorales. Y bueno, también la exigencia, casi reclamo de un servidor, de que en torno a esta, o como algo aparte, incluso de la misma magnitud, se hiciera una Feria del Libro Viejo, en la que se convoque a las mejores librerías del ramo de todas las ciudades del país, particularmente las que se encuentran en Donceles y Miguel Ángel de Quevedo de la Ciudad de México, sin faltar la antigua librería Madero, de mi buen amigo, y paisano además, don Enrique Castillo.

Yo salí feliz de la Fiesta de las Letras, no sólo porque me pude conseguir un buen de libros de todo tipo: anécdotas de Yucatán, la entidad invitada de nuestra República; leyendas de Canatlán de las Manzanas, Durango, (como si me faltaran libros sobre el tema); Arqueología de la Sierra de San Francisco, Baja California Sur; textos de lo sobrenatural, como La historia de la brujería, oraciones ensalmos y conjuros mágicos novohipanos, y hasta una antología para viajar por los infiernos de la misma época; una compilación de cuentos del estado de Nuevo León; y poesía ¡mucha poesía! desde Los Poemas Mayas, hasta “los singles” de mi referido hermanito Julián Herbert.

Además, porque varios expositores obsequian libros, como el INE y hasta la Fiscalía Electoral, los cuales resultan necesarísimos en mi trabajo. Siendo aún más grande mi felicidad, no sólo porque encontré un proyecto de producción de libros independientes auspiciado por el Colegio Ignacio Zaragoza y la maestra Ana Imelda Rétiz Gámez, titular de la cátedra de literatura de preparatoria de mi hijo el mayor, José Miguel, que dicho sea de paso, él, antes de que yo lo hiciera, ya presentó su propio texto.

También mi Mateo, el más pequeño y quien me acompañó, aparte de obsequiarme un dibujo por él realizado, escogió personalmente un libro, diciéndome con esa acción, de manera implícita, que la semilla por el amor a la lectura en él sembrada empieza a brotar para, espero, convertirse en un magnífico lector.

Aprovechemos este último día y devoremos el último platillo de este banquete literario e, insisto, convidemos a nuestros hijos del mismo regalándoles la mejor fuente de conocimiento e imaginación como lo es la lectura a través de los libros. ¡Vamos a la Feria del Libro!
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