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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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11 Marzo 2018 04:00:00
Demagogia y simulación
Hace unos pocos días, José Ramón Cossío, ministro de la Suprema Corte, publicó en El País un artículo intitulado “La normalización de los derechos humanos”.

En él, Cossío expresa una percepción suya: “pareciera que cada cierto tiempo aparece una idea encaminada a lograr redenciones colectivas e individuales…Hace años, los sistemas de planeación democrática fueron tenidos como suficientes para lograr una mejor redistribución de los bienes públicos y privados. Poco después, se quiso ver en el cambio democrático de la nueva ola, el inicio de un modo generalizado de alcanzar y ejercer el poder político. También se supuso que la adopción del “Rule of Law”, modalidad Consenso de Washington, ayudaría a ordenar las transacciones y hacer eficiente la economía. Que el pastel crecería y habría más que repartir. A ello se agregó luego la idea de que la transparencia gubernamental sería tan poderosa que terminaría con las opacas y corruptas prácticas públicas. Se entendió también que el paso a los procesos penales acusatorios sería suficiente para reordenar el mundo penal y, de alguna manera, los fenómenos delictivos”

Nada de eso, es evidente, ocurrió.

Continúa Cossío: “En nuestros días se encuentra instalado un discurso tan querido y esperanzador como los que lo precedieron: los derechos humanos. Con él se cree que mucho de lo que social y políticamente nos perturba será resuelto. Que sobrevendrá un estado de cosas en el que la actuación de las autoridades nacionales, el comportamiento de las élites económicas y financieras, la ordenación social y el bienestar individual habrán de darse. En esta narrativa, personas nuevas y empoderadas harán valer su condición y exigirán lo que les es propio. Así generarán un orden distinto. Por la diversificada materialidad de lo reclamable, derechos de diversa generación, se piensa que terminarán por constituirse individuos que ejercerán a plenitud su proyecto de vida, contarán con amplios satisfactorios materiales y elegirán a sus autoridades, periódica y pacíficamente”.

“¿Por qué el nuevo sueño de la capacidad transformadora de los derechos humanos habría de tener una vida distinta a las olas democratizadoras que tanto nos entusiasmaron hace 30 años, o a los procesos distributivos que con tanta energía se predicaron cuando en el mundo se redujeron y fijaron las tasas impositivas?”, se pregunta, para concluir diciendo que “Cualquiera que sea la causa o combinación de ellas, conviene recordar que…los derechos humanos no van a realizarse por sí solos”, y por supuesto, tiene razón.

Sin embargo, Cossío deja un vacío que no se llena con la sola esperanza expresada en la necesidad de “implantar una racionalidad nueva y generalizada ahí donde trágicamente no la hay”, porque eso es precisamente lo que ha pasado, inveterada y contumazmente, con esas oleadas redentoras que menciona, y muchas otras anteriores.

¿La causa? La simulación, instrumento de la demagogia, que ha vaciado el discurso de contenido, con el sólo propósito de convencer, pero sin ánimo de cumplir con las promesas contenidas en ello, que enriquecerían la política, pero deteriorarían, en lo inmediato, el poder que entraña decidir y ejecutar en provecho propio la función de gobernar, con olvido -o desentendimiento- de un dato incontrovertible: los derechos humanos no son un instrumento técnico de gestión, sino la razón última de ser de la organización política y su gobierno.

Son impulso para la acción, no meras proclamas, así se encuentren en constituciones, leyes o tratados; camino, no meta; mapa de ruta hacia la dignificación de la vida de todos los seres humanos; factor de legalidad, sí, pero sobre todo congruencia frente a la legitimidad política y no solo retórica vana.

Para que los derechos humanos sean detonadores de la diferencia, es necesario, sí, como afirma Cossío, “entender su condición utópica”, pero sobre todo la necesidad de hacer que esa utopía se transforme en realidad, tan consistentemente como sea posible y tan compulsivamente como sea necesario, para alcanzar, de una buena vez por todas, los pregonados ideales de universalidad, igualdad, inherencia, progresividad y expansibilidad que tanto se pregonan.
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