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Dalia Reyes
Dalia Reyes
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14 Agosto 2018 04:00:00
Demasiadas heces
Atenta y con mucha pasión y atenta suelo ver “La era del hielo” una y otra vez: me resulta tan graciosa como profunda en diversas escenas. Hoy quiero resaltar esta: “podría ser la burra de su mamá, eso le daría más sentido”, dice un ciervo a Manfred, el mamut, cuando culminó su narración de Pepito y su mascota; entonces el cuenta-cuentos cambia la versión y termina justo con la frase: “entonces Pepito soltó a la burra de su mamá”. Las risas aparecen.

El juego léxico es inteligente, la organización entre los diálogos dista mucho de ser improvisada, como tampoco lo es el trasfondo en esta verdad batiente: las burras –como los perros, gatos, peces, hámster, tortugas- siempre acaban perteneciendo a la mamá.

Ninguna señora que se precie de serlo me dejará mentir, pues no importa cuántos compromisos hagan con los hijos y el marido, nunca cumplirán sus promesas de cuidanderos cuando adquieren la mascota soñada.

“Pero tú le limpias”, es el primer requisito puesto y aceptado por los chiquillos con el apoyo magnánimo del padre quien, a su vez, se apunta para la bañada del animal, así se trate de un pez –por cierto, los más difíciles de asear- e invierte una cantidad estratosférica en cepillos especiales, correas, jabón anti plagas, galletitas de premio y trajes para el invierno –así sea un pez-.

Los tres días posteriores, chicos y grandes invierten tiempo de calidad con la mascota hasta conformarlo como un perfecto ladino y mal educado; llegada la cuarta jornada, los comprometidos desaparecen como abducidos por alienígenas malignos y es la madre quien se queda con la carga – y la mascota-.

Pero debemos reconocer, señoras, que nosotros también faltamos a la promesa de poner patitas en la calle al animal si nadie es responsable de él. Nuestros argumentos son por demás patéticos: una mirada con esos ojitos, como si pudiera tener otros; nada más en lo que se desocupan los muchachos; es que el pobrecito qué culpa tiene, pero cuando se muera vendrá a estirarles los pies –así sea un pez-.

Al final de cuentas, los hijos tendrán la mejor defensa para alejarse del compromiso, y eso consiste en que al cabo a ellos ni los sigue, nada más está tras de nosotras y todo porque lo mal acostumbramos cuando estamos solas en casa con el animalejo.

Todo esto es rutina diaria en las familias mexicanas, en donde, a fin de cuentas, siempre es la burra de la mamá, situación comprobable cuando, entre las pláticas cotidianas, las señoras empezamos a promover las muchas cualidades de nuestras mascotas en casa, a ver si alguien la pide, mínimo, en préstamo. 


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