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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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04 Julio 2016 04:00:05
Desconfianza II
“Si en una sociedad impera la confianza, es evidente que la gobierna una sana política, pero si impera el miedo, toda su política debe quedar enseguida bajo sospecha”, advierte el escritor colombiano William Ospina. ¡Eureka! Es la confianza la clave. ¿La única? No. Es la desconfianza el problema. ¿El único? Tampoco. ¿Entonces? Resulta que sobra evidencia de que la confianza es un factor esencial para la evolución y de que, por el contrario, la desconfianza conduce a la autodestrucción.

La semana pasada compartí una reflexión sobre un tema que me ha llamado la atención por sus efectos negativos en la estabilidad, la democracia y el desarrollo: la desconfianza interpersonal, social y en las instituciones que actualmente reina en nuestro país. Señalé que “existen elementos para considerar a los mexicanos en su conjunto como personas desconfiadas, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Identidad y Valores (UNAM 2015), analizada y difundida con el título Sentimientos y Resentimientos de la Nación”. Las consecuencias de este fenómeno son tan profundas y graves que debe insistirse en el tema.

Al reflexionar magistralmente sobre la pérdida y crisis de la confianza en su país, Ospina (“Colombia en el Planeta. Relato de un País que Perdió la Confianza”, 2001) señala que “las sociedades sólo viven juntas en confianza cuando comparten una memoria, un territorio y un carácter, es decir, un saber sobre sí mismas”. Podemos entonces sostener que en México no vivimos juntos en confianza. Los mexicanos no sólo no compartimos memoria entre nosotros, sino que, por lo general, carecemos de ella; compartimos territorio sí, pero con nuestros prejuicios, debidos sobre todo al clasismo, marcamos límites que nos dividen más que la geografía, y no, no compartimos carácter, si bien nos sentimos “orgullosos de ser mexicanos”, no perdemos oportunidad para dejar en claro que “no es lo mismo bacín que jarro”. Poco sabemos sobre nosotros mismos.

Nos encontramos en un momento de la historia en el que desconfiamos casi de todo y de todos; desde el transeúnte que nos da los buenos días, hasta el vecino que de vez en cuando nos pregunta por nuestra familia o el mercader que intenta vendernos un producto a un precio significativamente menor que el que sabemos que tiene, y ni qué decir de políticos o gobernantes, por default “en ellos no confiamos”. Aunque nuestra desconfianza no es gratuita (dicen que “el que con leche se quema hasta al jocoque le sopla”), resulta injusta e inconveniente, para los demás y para nosotros mismos. En su libro El Factor Confianza: el Valor que lo Cambia Todo, Stephen M. R. Covey da cuenta de cómo la confianza es un detonante para el crecimiento económico, la adquisición de conocimientos y el establecimiento y aprovechamiento de relaciones. La confianza es la base de mucho. Las mismas sociedades tienen su origen en la confianza que todos sus miembros depositan entre sí, esperanzados en que actuarán en su beneficio.

Es vital que las y los mexicanos recuperemos y ampliemos la confianza entre nosotros, entre todos. William Ospina comparte algunas medidas para que sus compatriotas puedan lograrlo y que bien aplican al caso de México, aquí tres: 1) alcanzar la capacidad de perdón combatiendo las inercias de la venganza; 2) reconocernos a nosotros mismos en el acto de dialogar con el mundo, y 3) reencontrarnos de nuevo con la invaluable confianza espontánea en los demás a través de desconfiar aplicadamente de nuestras nociones y de nuestros hábitos. Confío en que venceremos al miedo, desterraremos la sospecha sistemática y recuperaremos a la buena fe como regla general cuando pensamos en las conductas de los otros como yo.
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