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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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23 Julio 2016 04:00:16
Desgarradas carnes
La Comisión Nacional de los Derechos Humanos, mis valedores. Nunca antes, como en estos tiempos, se habían precisado sus buenos servicios, y nunca antes, como en los tiempos de Tlatlaya, Ayotzinapa, Nochixtlán y tortura a sospechosos, se había puesto en evidencia su inutilidad.

¿Inefectiva la susodicha comisión, o tan sólo una de las tantas denuncias formuladas por sus críticos? En noviembre del 2009 se lanzó la acusación:

“Regala” Soberanes puestos en la CNDH. Por ley las plazas se asignan por concurso de oposición, pero la CNDH opta por hacer nombramientos “urgentes”. Además de manejar cuantiosos recursos, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) ha operado en los últimos años como una agencia de colocaciones para personalidades políticas y sus familiares.

Y el martes pasado, casi siete años después, Luis Raúl González, sucesor de Soberanes, sale en defensa de la comisión.

Hay voces que han querido desacreditar a la CNDH. Reducir a sus integrantes al papel de “infiltrados de la PGR”. Son los profesionales del rumor que se montan en la desconfianza de la gente hacia las autoridades. Son esos que aplican a la letra uno de los principios del decálogo de propaganda de Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi: “Una mentira repetida muchas veces, acaba por convertirse en verdad”.

Yo, por mi parte, al escuchar acusaciones y defensas de un aparato burocrático tan oneroso como inefectivo, recordé la misiva que en su momento me permití enviar al Dr. Jorge Carpizo, primer secretario de la CNDH, que fue colocado en el puesto por el entonces presidente Salinas, que a instancias de la Casa Blanca (la apócrifa, que la genuina la tenemos en Las Lomas) creó la susodicha comisión. En la misiva decía al Dr. Carpizo esto que digo ahora al ombudsman González:

Lo invito a que demos un paseo juntos. Me acepta la invitación o su renuncia a la CNDH. Porque el humano, doctor, por vocación se involucra en la defensa de los derechos humanos, no por nombramiento presidencial. Por humana solidaridad se defienden, por una mística y una razón de la propia existencia. ¿Pero adalid de los derechos humanos de un día para otro y por mandato salinista? ¿Usted haciéndola de peón de Salinas para remediar los entuertos que perpetra Salinas? Y usted nada tiene de ingenuo, doctor. ¿Entonces? ¿Qué viene siendo usted, Dr. Carpizo?

Y la forma en que se ha echado a “defender” esos derechos, doctor. Conozco por boca de las propias víctimas o sus familiares el procedimiento que aplica usted desde su oficina de la flamante Comisión Nacional de Derechos Humanos: detrás de un escritorio escucha, cuando accede a escuchar, los lamentos y reclamos de las víctimas. Entonces usted, ¡con su vocecita!

-¡Bueno, sí, pero pruebas, documentos! ¡Que vengan los afectados y exhiban pruebas!

Ellos, doctor, a estas horas encerrados, quebrantados, medio muertos después de la más reciente sesión de “interrogatorio científico”, de “interrogatorio reforzado”, qué le parecen los eufemismos.

Y allá van, desde su escritorio, la recomendación, el recadito, el telefonema, el oficio sellado o el memorándum dirigido a los violadores:

“En referencia a denuncias que obran en poder de esta H. Comisión...”

¿Con tal burocracia cree usted estar practicando el humanismo, doctor? ¿No estará construyendo a golpes de obediencia su carrera política frente al que lo impuso en la comisión? Dr. Carpizo: le reitero la invitación del paseo. Es que quiero demostrarle, mostrándole en carne viva, desflorada carne, con lloraderos de sangre todavía, la forma en que la tortura.

(Después.)
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