×
Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
ver +

" Comentar Imprimir
26 Noviembre 2017 04:01:00
Después del Trife
En La Rebelión en las Cañadas, Carlos Tello Díaz incluye un párrafo esclarecedor sobre los terribles acontecimientos ocurridos en Chiapas después del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

“Para comprender su profundidad es necesario recordar que los indígenas en general no se consideran a sí mismos individuos soberanos en una sociedad, sino miembros orgánicos de una comunidad. Discutían horas y horas, noches enteras, durante meses y meses, hasta llegar por fin a lo que llamaban un ‘acuerdo’. Al tomar el acuerdo, quienes estaban en contra no tenían otra opción: o seguían a los demás o dejaban la comunidad. Esta manera de pensar explica también las expulsiones por motivos religiosos…”.

Muchos la dejaban, agrega Tello Díaz, para buscar la vida en otras partes. Era frecuente, señala el autor, que la causa del descontento fuera incendiada por el resto de quienes aceptaban el “acuerdo”. Así se explica la matanza de Acteal, entre otras barbaridades.

Fraguados en el molde cultural de Occidente, los coahuilenses –y muchos millones de mexicanos más– no comparten la idea de ser “miembros orgánicos de una sociedad”, sino individuos soberanos. Y como tales actúan bajo ese benéfico paraguas llamado tolerancia. Esa es la razón de orden ético por la cual se considere innoble, acomodaticio y hasta cobarde, ensañarse con los perdedores. Para ellos, los viejos españoles acuñaron una frase demoledora: “A moro muerto, gran lanzada”.

Esto viene a cuento a raíz de la decisión del Tribunal Federal Electoral declarando gobernador electo al ingeniero Miguel Riquelme, después de unas competidas elecciones y 5 meses y 20 días de espera. Una decisión que causó alborozo en muchos, y que, como es lógico, dejó descontentos a otros.

Aquí, a diferencia de los indígenas chiapanecos, quienes están en desacuerdo no están obligados a autoexiliarse o a vivir como apestados. La cultura occidental nos lleva a procesar las divergencias de criterio de distinta manera. Aprendemos, o debemos aprender desde pequeños, a respetar a los otros. La otredad, diría Octavio Paz. Careciendo de ese aprendizaje irremisiblemente damos pasos hacia la barbarie del racismo, la persecución religiosa y otras lacras humanas que de cuando en cuando afloran todavía por allí.

Ante esa realidad, a la pregunta de ¿qué habrá después del Trife?, no se me ocurre sino una sola respuesta: Coahuila. ¿Muy simple? Quizás. Pero Coahuila es nuestra casa. Aquí seguiremos, y nuestro deber es mantenerla en orden y, de ser posible, engrandecerla. En ese sentido, el llamamiento del ingeniero Riquelme a la unidad resulta pertinente, pues unidad no significa uniformidad, sino convivencia civilizada.

Por muy adictos que seamos a uno u otro partido, a uno u otro candidato, es necesario recordar que las elecciones no son una guerra donde participan enemigos, sino competidores. Como ejemplo: para hallar una elección semejante a la que hemos vivido este año, debemos remontarnos a 1929, cuando compitieron por el Gobierno estatal don Nazario Ortiz Garza (Partido Nacional Revolucionario, el abuelo del PRI) y don Vito Alessio Robles (Partido Antirreeleccionista). Don Nazario fue gobernador y lo hizo muy bien. Don Vito, por su parte, escribió un libro vitriólico sobre el tema, Mis Andanzas con Nuestro Ulises, donde acusó a don Nazario de todo lo imaginable. Al paso de los años se reconciliaron y, paradójicamente, don Nazario pronunció la oración fúnebre ante la tumba de don Vito.
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2