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Carlos Oswaldo Orta
Carlos Oswaldo Orta
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04 Julio 2017 04:00:00
Destruyendo un equipo
En inglés la palabra “hopeless” (sin esperanza), representa claramente el sentimiento de la afición saltillense ante el actuar de la directiva que encabeza Antonio Nerio y Rodolfo Ruiz Cabello.

Cuando los Saraperos fueron vendidos tras más de 15 años bajo la administración de la familia Ley, las expectativas de que se siguiera con la misma mentalidad ganadora no eran altas, pero se mantuvieron durante los primeros años.

Bajo la administración de Jorge Dávila, el equipo siguió atrayendo gente al estadio y aún durante la primera temporada de Nerio, la clasificación a playoff y una naciente rivalidad con Monclova, dieron un ingrediente más a una franquicia que luchaba por los primeros lugares. Dos años después el panorama es desolador.

No es ningún secreto que el equipo de Saltillo es uno de las franquicias que todavía funcionan bajo un sistema arcaico en el que son las administraciones de gobierno estatal las que aportan recursos y en general controlan el futuro de una organización.

Tampoco es un secreto que de los equipos que son manejados de esta manera, ninguno tiene marca ganadora al momento.

Si bien los Ley manejaban una especie de sociedad con el Gobierno de Coahuila, eran ellos los que aportaban la parte deportiva y comercial, algo que se reflejaba en un equipo que acudió a la postemporada por 12 años consecutivos y solo se perdió el 2011 después del bicampeonato.

Ya sin la familia sinaloense al frente de la organización el derrumbe ha sido paulatino, pero los dos últimos años han significado un retroceso en una historia que comenzaba a ser ganadora.

Es cierto que un equipo no funciona en base a las entradas que genera en un parque o en la cantidad de productos que vende dentro del mismo, pero el alejar a los fanáticos de las tribunas es la fórmula para el fracaso que ya han seguido varias franquicias como los Broncos de Reynosa y Delfines de Ciudad del Carmen y que los llevaron a su desaparición.

La venta o más bien el “regalo” de Justin Greene significó una bofetada para la afición saltillense, pues el jardinero se había convertido en la insignia de un equipo que necesita esa clase de jugadores para sobrellevar malas temporadas.

Greene no solo es un buen bateador, sino el mejor robador de bases de los últimos años en la liga y un líder emocional, algo que demostraba seguido en su cuenta de Twitter y que utilizó el mismo método para despedirse de la afición ante la falta de comunicación del equipo.

Según comentarios hechos columnas de béisbol nacionales el cambio fue incluso ordenado por gente del Gobierno de Coahuila para beneficiar a la plaza de Monclova y dar un campeonato a otro equipo del estado.

No solo la directiva demostró que ha dado por perdida una temporada con apenas la mitad de ella transcurrida, pero le dejó en claro a los saltillenses que su prioridad es recuperar algo de dinero a costa de espectáculo.

Es cierto que los peloteros son empleados y sus necesidades son las mismas que las de un trabajador común, pero el mensaje que esto genera al interior de un clubhouse y en las tribunas va más allá de un simple cambio.

Mientras la liga se transforma y trata de atraer a más aficionados, en Saltillo se desperdicia la oportunidad de darle identidad nueva al equipo.

Las críticas en redes, algo que ya no puede ser despreciado por ninguna organización de ningún tipo, han sido muy fuertes en contra de los actuales directivos y piden pronto un cambio ante los decepcionantes resultados.

Saltillo es una plaza de alta demanda, que ha estado desperdiciada por más de cuatro años y que podría interesar a muchos, aunque el cambio se ve lejano si consideramos que también representa un buen negocio para las administraciones estatales.
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