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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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08 Junio 2018 04:00:00
Día del padre
No sé cuándo decidí no tener hijos. Ahora, sin proponérmelo, soy el “padre” de tres gatos, Runa, Simón y Kikapú. En la primavera del 2011, Runa llegó a mis brazos, tenía dos meses. Era como un alambre lleno de pelos y un par de ojos amarillos que se oscurecían en la sombra. Dormía todo el día y de esa bolita negra que se echaba cerca de mí sobresalían un par de radares.

Runa creció correteando su sombra, descubrió el mundo a través de la ventana, desesperada por no poder atrapar palomas al vuelo; durmiendo siempre en un sitio distinto de la casa. Tan negra como el silencio, a Runa se le formó el carácter propio de las hijas únicas.

Simón fue una sorpresa, un hijo que no estaba planeado. Llegó con nosotros en abril de 2015. Más negro que blanco, enorme y bonachón, Simón tenía dos años cuando Andrea y yo lo adoptamos. Un adolescente confiable y amoroso que tuvo que enfrentar los ataques de Runa, sus acechantes celos, sus constantes peleas. Pero Simón, siempre bueno y bien educado, a pesar de ser más del doble de grande que Runa, jamás le ha levantado la mano ni la ha acusado de maltrato.

Poco a poco se fueron acoplando, ya comen del mismo plato y duermen en el mismo horario. Con Runa y Simón he aprendido a ser cuidadoso, tolerante, a veces enérgico, pero la mayor parte del tiempo, cariñoso y responsable. Yo mismo les doy de comer, les cambio el agua, los cepillo a diario, juego con ellos y los observo dormir. Puedo pasarme horas velándoles el sueño. Simón tiene muchas pesadillas, tiembla y suspira en mitad de la siesta, una leve caricia es suficiente para que vuelva a acompasar su ritmo.

Tuvieron que pasar tres años para que la rutina se volviera a alterar. En diciembre pasado, al salir de madrugada de un coctel de la Feria del Libro de Guadalajara, me encontré una gatita blanca y antifaz negro, merodeaba en mitad de la calle. Antes de subir al auto, ronroneó entre mis pies. Estaba chamagosa y flaca, parecía más un trapo que una gata de nariz negra en forma de corazón. Sin pensarlo mucho y sin mirar a mi alrededor, la subí conmigo y ahora vive con nosotros.

Si Simón es bueno, dócil y obediente. Escucha su nombre y atiende, baja de donde esté y llega hasta mis pies maullado, como preguntando “¿qué quieres?”. Kikapú, a pesar de ser callejera, es aún más mansa, temerosa y le ha costado más de un manojo de pelos hacer que Runa la acepte. Voluntariosa y de carácter fuerte, Runa, sigue en defensa de su territorio, entre Simón y Kika han aprendido a compartir sus gruñidos y arañazos. “Esto es mío y esto también”, les dice sin darles tiempo a reaccionar.

Por la curiosidad de Runa, Simón y Kikapú todos los días son distintos. A través de su silencio, también yo descubro un mundo de pequeñeces a mi alrededor, los giros del sol, los sonidos de la noche; pues no nos vamos a dormir hasta que estén los tres juntos. A la mañana siguiente comienza la rutina: la comida, el cepillado, la limpieza del arenero. Con ellos aprendí a ser padre, serán los únicos hijos que tenga. Esa decisión sí sé cuándo la tomé: el día que Runa, pequeñita, llegó a mis brazos.
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