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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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01 Octubre 2016 04:00:00
Día Internacional del Corazón
Excitante la cita con esa mujer. Cuestiones del corazón. Ya la tarde al pardear arribé al recinto escondido en la entraña del edificio, donde ella me recibió con su sonrisa de luz y el rebrillar de sus garzas pupilas. Sabia, diligente, me recostó, desabrochó botones y corrió cremalleras. Yo, semidesnudo, sentí en mi pecho recorrer la tibieza de sus dos manos. Cerré los ojos. El ritual. Suspiré, y esa irrefrenable taquicardia. Casi virgen y no acostumbrado, ¿no me iría a doler? Como todo novatón yo era un penco desbocado, el muy penco. “Tranquilícese”, su aliento tibio en mi oreja. “¿Es su primera vez?”. La segunda. Le tuve que describir la primera. “Fue en un camastro, con un varón de lentes”.

Me escuchó, y entre sofocos llegamos al final. Pero tanto le había interesado mi primera vez, que la anotó en una carpeta. “¿En un camastro?”

–Del ISSSTE, sí.

Y que ya en el camastro el facultativo de lentes se me vino encima echando mano a sus fierros como queriendo operar; bitoques, agujas, estetoscopio y ese aparato en el que mi corazón trazó caligrafías como palotes de párvulo que, según el del ISSSTE, eran simples latidos. ¿El resultado? Un corazón perfecto y normal, pero caprichoso y excéntrico. Un costalito de mañas, mi corazón. “Obsérvelo, dijo el cardiólogo. Todo marcha a compás, pero enrevesado”. Algo que mal pude entender y que yo esa tarde explicaba a la doctora: al revés del matancero del sexenio anterior, que es zurdo y de derecha, mi ventrículo derecho resultó de rosca zurda, razón por la que la aurícula envía la sangre al contraflujo, cuando lo cristiano en el país de Norberto Rivera es que irrigue por el área derecha. “No, y las precordiales están emplazadas en el centro-izquierda”. Y los espasmos. Que lo raro es que se acalambren de aquí para allá en lugar de fruncirse de allá para acá. “Extraño. ¿Puedo sacarle algunas gráficas para los Colegios de Medicina?”.

“Y una más para Ripley; para Casos de Alarma”.

Tal fue mi primera vez. Ahora, tras del examen a que me sometió la doctora, mis niñas se clavaban en esos signos indescifrables que mi corazón, con la inhabilidad de niño de párvulos, había rayoneado en el papel, resultado del electrocardiograma que mostraba las excelencias de un corazón sano al 100 por ciento. “¿Pero por qué vino a examinarse? ¿Algún dolorcillo en el pecho, el brazo izquierdo, en la…?”

Ningún dolor. Precaución. Fuerte y sano me sentía cuando fui a consultarla. “¿Entonces?”.

El pánico ante el riesgo de que se me pare. “La tensión a que lo somete la politiquería barata, carísima para quienes pagamos la factura. Qué tan corrompido no estará el lodazal donde chacualea toda la plaga de culebras y sapos, ajolotes y ranas del charco que ya el Cristo de su cabecera lo acaba de proclamar, original que no fuera:

–En materia de corrupción, el que esté limpio de culpa que arroje la primera, etc.

“¿Se imagina, doctora, soportar a esa raza lodera y excrementosa, y darle un sueldo exorbitante, tanto como para que aquí, en Ixtapan y en Amalinalco, adquieran sus casas blancas de interés social?”.

Noche cerrada, yo en mi camastro y acompasado el latir de un corazón ya tranquilo después de que la doctora me lo amansó, y la paz.

¿La paz? En mi sueño, el celular. “No puedo dormir (la doctora). ¡Esta taquicardia! ¡Esa piara de cerdos defecando en las leyes y…!”

Colgué. Ya no pude dormir. (Lástima).
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