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Algarabía
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13 Julio 2014 05:55:05
Días de escuela
A propósito del día del maestro ¿acaso no recuerda a la profesora conchita? A la que le puso sobre la silla una etiqueta de pavo premium, que, inexorablemente, se pegaría en su trasero... O, ¿ya olvidó al profesor Ramiro? Ése que ponía en la frente, como «estrellita», el chicle recién arrancado de sus fauces.

Las historias entre profesores y alumnos se remontan a épocas antiguas. Por ejemplo, la escuela griega o paideia era opcional hasta los 18 años para los varones atenienses del siglo V a.C. –momento en que se convertían en ciudadanos y se presentaban obligatoriamente al servicio militar.

Como en cualquier escuela que se jacte de serlo, existían situaciones que ponían en jaque a los profesores y en general al sistema educativo, tal cual lo hizo Sócrates, que es retratado en “Las Nubes” de Aristófanes, como un sofista burlón capaz de pervertir el noble espíritu de tal institución. Y hay otros ejemplos: Teopompo1, un siglo atrás, criticaba férreamente los componentes de la educación griega, aunque nunca cayó en el exceso de poner una bomba apestosa en los lugares de enseñanza.

Los romanos tenían sus propias particularidades educativas y, por el siglo I d.C., Quintiliano escribió en sus “Instituciones oratorias” que el vínculo entre alumnos y maestros debería ser respetuoso: «No se les debe azotar a los discípulos; aunque está recibido por las costumbres y Crisipo no lo desaprueba, de ninguna manera lo tengo por conveniente. Primeramente, porque es cosa fea y de esclavos, y ciertamente injuriosa si fuera en otra edad, en lo que convienen todos». Un buen intento, sí, para limar cualquier aspereza en los templos del saber; sin embargo, no dudamos que ya se estuvieran gestando, bajo los infantiles y angelicales rostros romanos, ideas retorcidas de «justicia» educativa que se transmitirían hasta nuestros días.
Actualmente se cuentan por puñados inverosímiles historias educativas, y es el turno de que algunos algarabíos nos cuenten sus experiencias a lo largo de ¡más de 50 años de maratón educativo!

«En la preparatoria tuve un profesor de francés originario de Camerún. Nunca llevaba su relación de alumnos, por lo que solía pasar lista con una hoja que recorría el salón y en la que cada uno de los presentes anotaba su nombre. Como es de suponer, siempre aparecían nombres de más que, increíblemente, el profesor pronunciaba sin rubor, como el de Lisa Simpson. Todo el salón, entre carcajadas mal disimuladas y miradas cómplices, se mantenía a la expectativa para ver qué sucedía a continuación, pero el profesor siempre satisfacía nuestras malignas expectativas, pues cada vez más enojado, gritaba: “Lisa... Simpson... ¡Lisa Simpson!... ¡¿Dónde está Simpson?! ¡¿Por qué no está, eh?!”. Sobra decir que ese nombre era uno de los más benignos: el profesor llegó a aventarse la puntada de leer Benito Camelo y Alma Marcela Silva de Alegría, entre otros».
En conclusión, si dar clases fuera tan poco riesgoso como la montaña rusa, uno pagaría por hacerlo.


1 La obra donde Quintiliano explica todas las particularidades del ser elocuente.

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