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Juan Latapí
Juan Latapí
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27 Mayo 2018 03:10:00
Dicen que el gusto se rompe
DICEN QUE EL GUSTO SE rompe en géneros y por eso es prácticamente imposible definir lo que sería el buen gusto. Por ejemplo, los mayas consideraban que la belleza física de una persona incluía estar bizco y tener la cabeza deforme; y hace apenas 150 años, para considerar a una mujer bella, debía estar rechonchita.

A CUALQUIERA NOS PUEDE GUSTAR cualquier género de música –incluso hasta el sufrible reguetón-, pero es de mal gusto escucharla a todo volumen y más si es a deshoras y sin importar que los vecinos vayan de primera y, peor aún, si la calidad del sonido es mala. Lo mismo pasa con las telenovelas: cada quien es libre de gustar la que sea, pero es de pésimo gusto tener el volumen a todo lo que da.

VIVIMOS EN UN PAÍS DONDE tenemos libertad para votar y ser votados –en el buen sentido de la palabra-, pero lo que es de pésimo gusto son los candidatos que cambian de partido sin el más mínimo recato de principios ni ideología, que insultan nuestra razón al decir que lo hacen por la vocación de servir, sin darse cuenta que –por más que lo intenten- no pueden ocultar sus intereses particulares.

A NADIE SE LE PUEDE discriminar por estar tatuado -incluso hay tatuajes que son verdaderas obras de arte- pero lo que sí es de mal gusto es la calidad del tipo de tatuaje y la parte del cuerpo donde se estampa. No es lo mismo un diseño maorí en un cuerpo atlético, que la cara rayada de un aprendiz de Mara Salvatrucha.

PERO TAL VEZ DONDE EL mal gusto se hace más notorio –además de la comida- es en la ropa, donde los gordos visten entallados como si estuvieran delgados y los flacos portan ropa deportiva que les queda guanga y desgarbada. Pero el extremo son los vestidos de noche de algunas damas que parecen arbolito de Navidad.

A FINAL DE CUENTAS CADA quien, sin embargo, hay límites. Esperamos que las próximas autoridades de Monclova dejen de rendir culto al mal gusto que nos acecha, que nos distingue –basta ver el primer cuadro- y al que ya erigieron un monumento en su honor, a la vista de todos y que es el hazmerreír de quienes pasan por estas tierras; ese monumento al mal gusto se le conoce como el Rayador. Monclova no se lo merece.
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