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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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27 Enero 2019 03:58:00
Doctrina obsoleta
Ante la crisis de Venezuela y la condena de decenas de países a la muy cuestionada reelección de ese perverso folclórico llamado Nicolás Maduro, el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador buscó en el desván una empolvada Doctrina Estrada de la no intervención, y la enarboló para justificar la muy ambigua posición adoptada por México frente al problema
venezolano.

Esta decisión ha sido cuestionada por comentaristas nacionales y extranjeros, considerando la Doctrina Estrada obsoleta ante la nueva realidad del siglo 21, cuando la globalización impide, a menos de querer asumir los graves riesgos que eso lleva implícitos, encapsular a las naciones y sustraerlas de la corriente mundial.

Hay razones históricas para, al menos, revisar los postulados de la Doctrina Estrada, cuya pertinencia es muy discutible ante una realidad que convierte en internacionales muchos de los problemas que hoy nos aquejan. Sobran los ejemplos: la migración en masa, de la cual nuestro país es hoy escenario, el narcotráfico, el lavado de dinero y muchos asuntos más. Don Genaro Estrada tuvo en su momento buenas razones para defender la no intervención del Gobierno en asuntos internos de otras naciones. En el fondo, su doctrina constituía un arma ideológica de autodefensa.

La política del Big Stick, el Gran Garrote, de Teodoro Roosevelt marcó la historia de América Latina buena parte del siglo pasado. Roosevelt consideraba a Estados Unidos como el hermano mayor, el vigilante, de un continente que, del Bravo al sur, era un territorio de revoltosos a los que había que poner en orden. Las invasiones a los países que no marchaban de acuerdo a los intereses estadunidenses se exponían a una invasión de marines.

Como acertadamente lo recuerda en reciente artículo el historiador Alejandro Rosas, en la década de los 30 del siglo anterior, México tenía frescas en la memoria dos invasiones recientes y una lejana, pero dolorosísima, la de 1846-1848, que le costó al país la mitad de su territorio. En abril de 1914, barcos norteamericanos bombardearon Veracruz y se apoderaron del puerto. El pretexto era lo de menos. Los vecinos del Norte adujeron dos: un incidente ocurrido en Tampico entre militares mexicanos y marinos norteamericanos –del que México ya había ofrecido disculpas– y el presunto desembarco de armamento alemán destinado al Gobierno de Victoriano Huerta, que EU no reconocía.

Dos años después, en marzo de 1916, 10 mil soldados bajo la bandera de las barras y las estrellas entraron a territorio nacional. Esta vez el pretexto fue perseguir y capturar a Francisco Villa, para castigarlo por el ataque al pueblo de Columbus, Nuevo México, perpetrado por sus hombres. Lo infructuoso de la Expedición Punitiva, que regresó a su nación con la cola entre las patas, no borró la sensación de indefensión del país ante el Gran Garrote.

Por otra parte, cuando se ha creído necesario, México dejó a un lado la Doctrina Estrada. Así lo hizo en los 30 del siglo pasado uno de los santones de la Cuarta Transformación, el general Lázaro Cárdenas, al desconocer el régimen de Francisco Franco en España, con quien rompió relaciones.

Este hecho le ganó a Cárdenas el respeto internacional, y México fue ejemplo de solidaridad humanitaria al recibir a miles de republicanos que huyeron del terror franquista.
Hoy, en cambio, a más de 70 años, la neutralidad de López Obrador, en cambio, no redituará nada bueno a la imagen del país. Nadie admira a las avestruces que esconden la cabeza.
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