×
Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
ver +

" Comentar Imprimir
04 Abril 2017 04:00:00
Doña Ciática
Nos hemos hecho íntimas. Desde el jueves 9 de febrero me ha seguido paso a paso. Al principio me era insoportable, no la aguantaba. La odiaba, sobre todo por las madrugadas. Entre más trataba de alejarla, más parecía pegada a mi espalda. Me prohibieron subir las escaleras con ella. Para alejarla tuve que inyectarme más de 20 veces, ingerir docenas de pastillas y todo tipo de calmantes. Han pasado cerca de dos meses desde que apareció y sin embargo sigue allí. Después de tres semanas de tolerarla postrada en mi cama (tuve que bajar mi recámara a la sala), cuando a veces parecía alejarse no pasaban 24 horas sin que regresara aún con más ferocidad. Fue así que me fui acostumbrando a ella. He aprendido a dominarla, a espiarla y por momentos a acallarla. Ha habido ocasiones que no sabía de ella a lo largo de dos días. No obstante, me mantenía alerta, estaba consciente de que podía reaparecer en cualquier momento. Ya la conozco, puede ser lo más desconsiderada del mundo. Por eso siempre estoy alerta. A veces parece irse por completo, pero en seguida retorna. La muy mula puede manifestarse en tanto estoy platicando muy tranquila con una amiga, mientras estoy escribiendo o viendo una película en la tele. No hace mucho estaba dando una plática en Morelia, cuando de pronto la descubrí en medio del auditorio. Me hice la loca y continué con mi exposición. No habían pasado ni dos minutos cuando, de repente, sentí el jalón terrible en la pierna de siempre, la derecha: “ya llegué, aquí estoy”, me dijo la sinvergüenza mostrándome sus dientes bien afilados. Yo creí que me moría. A pesar de ello, le mostré indiferencia y proseguí con mi charla. Fue en ese momento que me percaté que podía dominarla. Bastaba con que respirara varias veces, hondo y profundo, relajara mis extremidades, mi cuello, pero sobre todo la columna vertebral. Le había ganado la batalla a la que se había convertido en mi adversaria. Ya no me hacía padecer tanto. Había puesto en práctica todo lo que he aprendido para atenuar su implacable presencia. Empecé a escuchar mi cuerpo (algo que nunca me enseñaron de niña). En otras palabras, he aprendido a convivir con... ¡¡¡mi ciática!!!

Todo empezó al regreso de la marcha de las mujeres en Washington, en la cual había caminado más de cinco kilómetros. Primero fue un dolorcito que me venía desde la cadera y recorría toda la parte posterior de la pierna. El 17 de febrero ocurrió la primera crisis. Estaba en un grito de dolor a tal grado que tuvo que venir una ambulancia del hospital ABC. “A ver madre, ponga sus brazos alrededor de mi cuello”, me decía el camillero. A partir de ese momento, me llamaba “mamacita”, “madrecita”, etc. etc. No me lo imaginaba con un paciente varón diciéndole “padrecito” o “papito”. En la ambulancia sufrí como nunca a causa de los baches y topes. Odié mi ciudad. Llegando al hospital, me inyectaron morfina. Tres horas después me pasaron la cuenta: ¡¡¡15 mil pesos!!! Un verdadero atraco como son todos los hospitales privados. Al otro día, me acordé del IMSS. Cómo no se me había ocurrido acudir a esta bendita institución para millones de mexicanos. Allí, en el Centro de Especialidades del Centro Médico me hice mis estudios. El espléndido neurocirujano doctor Carlos Cuevas me dio los resultados: cuatro hernias en cuatro vértebras y la columna vertebral totalmente desviada. “No queremos operarla de la espalda. Tiene que seguir al pie de la letra su tratamiento, sobre todo, comenzar con sus ejercicios de la fisioterapia”. Desde entonces voy diario a la Unidad de Medicina Física y Rehabilitación Centro de las calles de Anzures. Gracias a su directora, la doctora Minerva Saraiba Russell, la clínica, gra-tui-ta, funciona como un relojito. Desde que llegué a la clínica se ocupó de mi un joven fisioterapista, el doctor Antonio Oswaldo Trejo, un verdadero mago. Él fue el que me enseñó a respirar, a relajarme, a sentarme correctamente, a hacer mis ejercicios y a escuchar mi cuerpo.

Por lo general llego todas las mañanas a las 9:00 am. A esa hora ya me está esperando la doctora Irma Alegría Alegría, para practicarme las diferentes rutinas. Ahora me siento otra y hay mañanas en que tengo ganas de volar. Sé, sin embargo, que no me he librado del todo de ella. Estoy consciente que puede regresar en cualquier momento, la maldita doña Ciática...
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2