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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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12 Agosto 2017 04:00:00
Dónde está el mérito
Más allá de la escueta definición de diccionario, el mérito es el valor que otros le otorgan a lo que usted logra, para juzgar qué se merece o para calificarlo o descalificarlo en lo que al éxito respecta y, con ello, elevarlo o arruinarlo.

De ahí que, como pensaba Oscar Wilde, el truco del mérito está en lo que los demás creen que usted hace y no en lo que realmente hace. De lo contrario, tendríamos que evaluarnos como lo propuso William Shakespeare: de tratar a cada uno según sus merecimientos, ¿quién escaparía al látigo? 

Le voy a poner un ejemplo: Nicola Tesla (1856-1943) es reconocido hoy (todavía por una minoría) como el más prolífico inventor de la historia de la humanidad. Sin embargo, fue tratado con la punta del pie por la mayoría de sus colegas y amigos, algunos de los cuales se adjudicaron y patentaron sus inventos.

Mientras ellos se llevaban el mérito, la fama y la fortuna, Tesla vivía en la pobreza y era tildado de loco. No pocos entre quienes se apropiaron de sus inventos siguen conservando los laureles, porque se convirtieron en iconos de la modernidad, en la que el mérito ya no está en la sabiduría, en la creatividad y la genialidad que a Leonardo Da Vinci, entre otros, le granjearon mecenas.

Hoy el mérito se coloca en la productividad y el emprendimiento empresarial, porque es lo que al mundo en expansión industrial y tecnológica conviene. Pasó de ser una consecuencia del impulso creador y creativo del alma, a un cultivo del ego acumulador de bienes y aplausos; dejó de privilegiar la originalidad y premió la imitación; redujo la genialidad a una cuestión genética y fabricó un ejército de hacedores ciegos.

Esta gran diferencia en la colocación del mérito es lo que tiene a la humanidad de rodillas, pues poquísimo reconocemos a quienes hacen cosas creativas y brillantes en beneficio de la colectividad, y mucho a quienes compiten persiguiendo riqueza sin generosidad, poder sin compasión, fama sin buen ejemplo y autoridad sin experiencia. Incluso, se margina y hasta castiga a cualquiera que ose inventar cosas útiles, pero poco redituables o hasta amenazantes para los grandes capitales.

Todos podemos ser genios (ya lo dijo con razón Stephen Hawking) y hacedores o emprendedores. Estas cualidades no se excluyen una a otra. Antes bien, podemos equilibrarlas. Lo importante es comenzar a pensar colectivamente.

Tampoco se trata de demeritar el mérito: somos seres sociales y necesitamos estimularnos unos a otros. Pero para crecer juntos, en lugar de canibalizarnos, debemos entender claramente qué vamos a premiar, en qué medida y bajo qué circunstancias, porque ni el fin justifica los medios (la aseveración contraria es simplemente una cínica justificación) ni todos tenemos igualdad de circunstancias (algunos tienen ventajas, otros desventajas) ni todos pretendemos lo mismo (de manera que no se nos puede evaluar por no obtener lo que no queremos).

Justo por eso es que los argumentos que privilegian el mérito sobre la cuota de género se caen estrepitosamente. Primero hay que emparejar el piso, es decir, garantizar condiciones de equidad, para construir después la escalera.

El mérito es al fin y al cabo una ficción del intelecto humano, una construcción conceptual que nos permite organizarnos socialmente. El problema está en que lo convertimos en un sistema (meritocracia), para competir unos con otros en vez de colaborar, para ser superiores a los demás y aplastar a los de abajo.

Si cada uno de nosotros cambia el objetivo del mérito en su vida, no sólo nos liberaremos del estrés que significa la carrera a ciegas por ascender, sino que introduciremos al colectivo una semilla de cambio.

Desempoderaremos al ego y liberaremos al alma. Al fin y al cabo el que necesita el mérito es el ego; el alma, sólo abrazos.
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